Manifestación apoyo a Irán, París, 2026. Foto: Maryam Ashrafi

Desde La Laboratoria proponemos siempre, frente a la inmediatez y los ritmos que nos impone la guerra, tener reflexiones pausadas que nos permitan ver más allá de las primeras impresiones, enlazar las micropolíticas con las macro, mirar los tiempos largos de la historia, acudir a la memoria como brújula para imaginar horizontes de futuro. 

Es por esto, y por la cercanía y admiración hacia las compañeras de Roja, colectivo feminista internacionalista independiente y diaspórico, constituido a partir del asesinato de Jina (Mahsa) Amini y el movimiento «Jin, Jiyan, Azadî» («Mujer, Vida, Libertad») en Irán en septiembre de 2022, que queremos retomar algunos fragmentos de Roja del texto a tres voces Irán: Un levantamiento asediado desde dentro y desde fuera (leer aquí). 

Debido a la longitud del texto lo hemos dividido en 6 partes, esta es la segunda.

 

I. El quinto levantamiento desde 2017

Desde el 28 de diciembre de 2025, Irán ha vuelto a arder en la fiebre de las protestas generalizadas. Los cánticos de «Muerte al dictador» y «Muerte a Jamenei» han resonado en las calles de al menos 222 localidades de 78 ciudades en 26 provincias. Las protestas no solo son contra la pobreza, el alza de los precios, la inflación y el despojo, sino contra todo un sistema político podrido hasta la médula. La vida se ha vuelto insostenible para la mayoría, especialmente para la clase trabajadora, las mujeres, las personas lgbttqi+ y las minorías étnicas no persas. Esto se debe no solo a la caída libre de la moneda iraní tras la guerra de los doce días, sino también al colapso de los servicios sociales básicos, incluidos los repetidos cortes de electricidad; a la agudización de la crisis medioambiental (contaminación atmosférica, sequía, deforestación y mala gestión de los recursos hídricos); y a las ejecuciones masivas (al menos 2063 personas en 2025), todo lo cual se ha combinado para empeorar las condiciones de vida.

La crisis de reproducción social es el punto central de las protestas actuales, y su horizonte último es la reivindicación de la vida.

Este levantamiento es la quinta ola de una cadena de protestas que comenzó en diciembre de 2017 con el levantamiento conocido como la «Revuelta del Pan». Continuó con el sangriento levantamiento de noviembre de 2019, una explosión de ira pública contra la subida del precio del combustible y la injusticia. La revuelta de 2021 se conoció como el «levantamiento de los sedientos», iniciado y liderado por las minorías étnicas árabes. Esta ola alcanzó su punto álgido con el levantamiento «Mujer, Vida, Libertad» en 2022, que puso de relieve las luchas por la liberación de las mujeres y las luchas anticoloniales de naciones oprimidas como los kurdos y los baluchis, abriendo nuevos horizontes. El levantamiento actual vuelve a centrarse en la crisis de la reproducción social, esta vez en un terreno más radical y posbélico. Las protestas, que comienzan con reivindicaciones relacionadas con los medios de vida, pero con una rapidez sorprendente, se dirigen contra las estructuras de poder y la oligarquía gobernante corrupta.

II. Un levantamiento asediado por amenazas externas e internas

Las protestas que se están produciendo en Irán se ven asediadas por todas partes por amenazas tanto externas como internas. Solo un día antes del ataque imperialista de Estados Unidos contra Venezuela, Donald Trump, enarbolando el lenguaje del «apoyo a los manifestantes», lanzó una advertencia: si el Gobierno iraní «mata a manifestantes pacíficos, como es su costumbre, los Estados Unidos de América acudirán en su rescate. Estamos preparados y listos para actuar». Este es el guion más antiguo del imperialismo, que utiliza la retórica de «salvar vidas» para legitimar la guerra, ya sea en Irak o en Libia. Estados Unidos sigue hoy ese guión: solo en 2025, lanzó ataques militares directos contra siete países.

El genocida Gobierno israelí, que anteriormente había lanzado su asalto de doce días contra Irán bajo el slogan «Mujer, vida, libertad», ahora escribe en persa en las redes sociales: «Estamos con vosotros, manifestantes». Los monárquicos, como brazo local del sionismo, que asumieron la mancha y la vergüenza de apoyar a Israel durante la Guerra de los Doce Días, ahora intentan presentarse ante sus amos occidentales como la única alternativa. Lo han hecho mediante una representación selectiva y la manipulación de la realidad, lanzando una campaña online para apropiarse de las protestas, fabricar, distorsionar y alterar el sonido de las consignas callejeras a favor del monarquismo. Esto revela su engaño, sus ambiciones monopólicas, su poder mediático y, lo que es más importante, su debilidad dentro del país, ya que carecen de poder material en Irán. Con el eslogan «Make Iran Great Again» (Hagamos grande de nuevo a Irán), este grupo acogió con satisfacción la operación imperialista de Trump en Venezuela y ahora espera el secuestro de los líderes de la República Islámica por parte de sicarios estadounidenses e israelíes.

Y, por supuesto, están los campistas pseudoprogresistas —los autodenominados «antiimperialistas»— que maquillan la dictadura de la República Islámica proyectando una máscara antiimperialista sobre su fachada. Ponen en duda la legitimidad de las protestas actuales repitiendo la trillada acusación de que «un levantamiento en estas condiciones no es más que jugar en el campo del imperialismo», porque solo pueden leer a Irán a través del lente del conflicto geopolítico, como si toda revuelta fuera simplemente un proyecto estadounidense-israelí disfrazado. Al hacerlo, niegan la subjetividad política del pueblo iraní y otorgan a la República Islámica inmunidad discursiva y política mientras masacra y reprime a su propia población.

«Enojados con el imperialismo» pero «temerosos de la revolución» —por recordar la formulación fundacional de Amir Parviz Puyan—, su postura es una forma de antirreacción reaccionaria. Incluso se nos dice que no escribamos sobre las recientes protestas, asesinatos y represión en Irán en ningún idioma que no sea el persa en los foros internacionales, para no dar a los imperialistas un «pretexto», como si, más allá del persa, no hubiera personas en la región o en el mundo capaces de compartir destinos, experiencias, conexión y solidaridad en la lucha.

Para los campistas, no hay otro sujeto que los gobiernos occidentales, ni otra realidad social que la geopolítica.

En oposición a estos enemigos, insistimos en la legitimidad de estas protestas, en la intersección de las opresiones y en el destino compartido de las luchas. La corriente monárquica reaccionaria se está expandiendo dentro de la oposición de extrema derecha iraní, y la amenaza imperialista contra el pueblo de Irán, incluido el peligro de una intervención extranjera, es real. Pero también lo es la furia del pueblo, forjada a lo largo de cuatro décadas de brutal represión, explotación y «colonialismo interno» del Estado contra las comunidades no persas.

No tenemos más remedio que afrontar estas contradicciones tal y como son. Lo que vemos hoy es una fuerza insurgente brotando de las profundidades del infierno social de Irán: personas que arriesgan sus vidas para sobrevivir, enfrentándose de lleno a la maquinaria de la represión.

No tenemos derecho a utilizar el pretexto de una amenaza externa para negar la violencia infligida a millones de personas en Irán, ni para negar el derecho a sublevarse contra ella.

Quienes salen a las calles están cansados de análisis abstractos, simplistas y condescendientes. Luchan desde dentro de las contradicciones: viven bajo sanciones y, al mismo tiempo, sufren el saqueo de una oligarquía nacional. Temen la guerra y temen la dictadura interna. Pero no se paralizan por el miedo. Insisten en ser sujetos activos de su propio destino y, al menos desde diciembre de 2017, su horizonte ya no es la reforma, sino la caída de la República Islámica.

III. La propagación de la revuelta

Las protestas se desencadenaron por la caída libre del rial, que estalló primero entre los comerciantes de la capital, especialmente en los mercados de teléfonos móviles y ordenadores, pero rápidamente se convirtieron en un levantamiento amplio y heterogéneo que atrajo a trabajadores asalariados, vendedores ambulantes, porteadores y trabajadores del sector servicios de toda la economía comerciante de Teherán. La revuelta pasó rápidamente de las calles de Teherán a las universidades y a otras ciudades, sobre todo a las más pequeñas, que se han convertido en el epicentro de esta ola de protestas.

Desde el primer momento, las consignas se dirigieron contra la República Islámica en su conjunto. Hoy en día, la revuelta está siendo impulsada sobre todo por los pobres y los desposeídos: jóvenes, desempleados, las poblaciones excedentarias, trabajadores precarios y los estudiantes.

Algunos han desestimado las protestas porque comenzaron en el Bazar (la economía comercial de Teherán), que a menudo se percibe como aliado del régimen y un símbolo del capitalismo comercial. Han tildado las protestas de «pequeñoburguesas» o «vinculadas al régimen». Este reflejo recuerda las primeras reacciones al movimiento de los chalecos amarillos de Francia en 2018: debido a que la revuelta surgió fuera de la clase trabajadora «tradicional» y de las redes de izquierda reconocidas, y debido a que llevaba consignas contradictorias, muchos se apresuraron a declararla condenada a ser reaccionaria.

Pero, donde comienza un levantamiento no determina hacia dónde se dirige. Su punto de partida no predetermina su trayectoria.

Las actuales protestas en Irán podrían haber sido reavivadas por cualquier chispa, no solo por el Bazar. También en este caso, lo que comenzó en el Bazar se extendió rápidamente a los barrios pobres de las ciudades de todo el país.

IV. La geografía de la revuelta

Si el corazón palpitante de «Jin, Jiyan, Azadi» en 2022 latía en las regiones marginadas —Kurdistán y Baluchistán—, hoy en día las ciudades más pequeñas del oeste y el suroeste se han convertido en los núcleos centrales de las revueltas: Hamedan, Lorestán, Kohgiluyeh y Boyer-Ahmad, Kermanshah e Ilam. Las minorías lor, bakhtiari y lak de estas regiones están siendo doblemente aplastadas por las crisis superpuestas de la República Islámica: la presión de las sanciones y la sombra de la guerra, la represión y la explotación étnicas, y la destrucción ecológica que amenaza sus vidas, especialmente en Zagros. Se trata de la misma región en la que Mojahid Korkor (un manifestante Lor durante el levantamiento de Jina/Mahsa Amini) fue ejecutado por la República Islámica un día antes del ataque de Israel, y en la que Kian Pirfalak, un niño de nueve años, fue asesinado por balas reales disparadas por las fuerzas de seguridad durante el levantamiento de 2022.

Sin embargo, a diferencia del levantamiento de Jina, que desde el principio se expandió conscientemente a lo largo de líneas divisorias de género/sexualidad y etnia, el antagonismo de clase ha sido más explícito en las recientes protestas y, hasta ahora, su propagación ha seguido una lógica más basada en las masas.

Entre el 28 de diciembre y el 4 de enero de 2025, al menos 17 personas fueron asesinadas por las fuerzas represivas de la República Islámica con munición real y balas de goma, la mayoría de ellas lor (en sentido amplio, especialmente en Lorestán y Chaharmahal y Bakhtiari) y kurdas (especialmente en Ilam y Kermanshah). Cientos de personas han sido detenidas (al menos 580, entre ellas un mínimo de 70 menores) y decenas han resultado heridas. A medida que avanzan las protestas, la violencia policial se intensifica: en el séptimo día en Ilam, las fuerzas de seguridad irrumpieron en el hospital Imam-Khomeini para detener a los heridos; en Birjand, atacaron una residencia de estudiantes femenina. El número de muertos sigue aumentando a medida que se intensifica el levantamiento, y las cifras reales son sin duda superiores a las anunciadas.

La distribución de esta violencia es desigual, por supuesto: la represión es más dura en las ciudades más pequeñas, especialmente en las comunidades marginadas y minoritarias que han sido empujadas a la periferia. Las sangrientas matanzas de Malekshahi en Ilam y Jafarabad en Kermanshah son testimonio de esta disparidad estructural en la opresión y la represión.

En el cuarto día de protestas, el Gobierno, en coordinación con todas las instituciones, anunció cierres generalizados en 23 provincias con el pretexto del «frío» o la «escasez de energía». En realidad, se trataba de un intento de romper los circuitos a través de los cuales se propaga la revuelta: el Bazar, la universidad, la calle. Paralelamente, las universidades pasaron cada vez más a impartir las clases en línea para cortar los vínculos horizontales entre los espacios de resistencia.