El curso pasado, cuando apenas llevaba unos meses dando clases en prisión, me pidieron que fuera a hablar de esta experiencia al colegio de mi hija. La petición partía de una anécdota. Una mañana, cuando nos montamos en la furgo, nos dimos cuenta de que una ventanilla se había quedado medio abierta toda la noche, y que el diccionario que llevo a las clases de la cárcel se había empapado con la lluvia. Esto era un lío porque no se pueden meter móviles en prisión, y en las clases de castellano siempre surgen palabras que buscar. Mi hija contó esta anécdota en la asamblea de su clase y sus compis estallaron en preguntas y asombros. ¿Cómo da tu madre clases en la cárcel? ¿No le da miedo? ¡Será insensata! ¿Por qué no puede meter el móvil? ¿Pero los presos estudian? ¿Que además tienen exámenes? Su profe entonces me escribió. Me contó del revuelo y me propuso ir a la clase a resolver sus dudas y angustias. Pero claro, yo no me iba a llevar sólo mi experiencia, sino que preparé varias dinámicas que ayudaran a desmontar parte de los lugares comunes que ya intuía que atravesaban los imaginarios de las peques en torno a las prisiones y la delincuencia. ¡Era una oportunidad de oro!
Cuando llegué, me esperaban sentadas en círculo. La profe me presentó y me dijo si podía responder a sus preguntas. Le dije que claro, pero que primero quería escucharlas yo a ellas. Entonces, les lancé la pregunta, ¿cómo imagináis que es la cárcel? Fui apuntando en la pizarra las ideas e imágenes que me iban transmitiendo de manera que se generase una nube de palabras: Oscuro. Llevan uniforme: naranja o a rayas (aunque se discutió que fuera así). Es castigo. Comen con las manos (porque los cubiertos, especialmente los cuchillos, están prohibidos). Hay torre de vigilancia, que gira, que da vueltas, que da mucha luz para que de noche los presos no se fuguen. Hay patio, gimnasio, celdas en serie, telarañas: es un agujero negro. Hay cámaras. Duermen en el suelo, cenan brócoli, cenan sobras. Si no les traen cena, pegan. Se pelean. La comida va en bandejas. Hay jaulas, guardianes, las celdas tienen camas con literas y cadenas. Hay muchos presos, como cien. Más rejas, más peleas. Los llaman por un número. Si se portan mal, les encadenan a bolas de hierro. Es oscura, oscura, oscura. Cuando les pregunté por qué creían que las personas estaban presas, dijeron: por pegar, matar, robar, asesinar, suplantar identidad, por matar gente inocente, por poner bombas, por ser terroristas, por matar a sus madres, por matar a sus hermanos, por ser borrachos, drogadictos, pobres que roban, por asesinar, por secuestrar niñas, por pegar.
Les agradecí el esfuerzo y el compartir, y entonces, ya sí, les dije que me preguntaran todo lo que quisieran: Pero, ¿te han pegado? ¿Y no hay un vigilante durante las clases? ¿Te quedas sola con ellos?… Todo parecía peligro de muerte, miedo visceral, un lugar para el mal encarnado. Y no es cosa de niños. Luego, estas preguntas también me las han ido haciendo personas adultas. Sin querer edulcorar el lugar que es una prisión (dios me libre), sí quise que entendieran que, para mí, lo que me daría miedo de verdad sería que nos vigilase un guardia mientras doy clase, que mis alumnos tienen días muy malos, que a veces tienen que salir de clase cuando les asola la angustia y la ansiedad, todas las tristezas y el peso de los muros, que las peleas son raras y no más abundantes que en la calle, que muchos estudian para sacarse el graduado escolar, para acceder a la universidad y que algunos llegan a estudiar carreras. Mi trabajo es ése, darles clase para prepararse el acceso a la universidad. Y creo que esto es clave. La sola posibilidad de imaginarse estudiando una carrera les da alas, les permite proyectar otro futuro fuera de los muros, pero, sobre todo, les devuelve otra imagen ante el espejo. Muchos, la gran mayoría, nunca han estado destinados a los estudios superiores. Desde muy pequeños era más probable que acabaran en prisión que en un aula de la Complutense, por lo que, que exista esta posibilidad, cambia tanto su propia imagen que hasta modifican sus hábitos en prisión, sus aspiraciones y deseos. Recuerdo, de hecho, una vez que estaba trabajando en un archivo en Barcelona, hablando con un expreso de los años 80, que me dijo lo importante que había sido para él un profe de filosofía durante su estancia en prisión, que a veces traía a otras personas a dar charlas, y que nunca olvidaría la vez que fue Agustín García Calvo a verles y hablar con ellos, que eso le marcó profundamente. Todo esto sin idealizar, ni siquiera a García Calvo. Lo digo porque tampoco olvido a una alumna a la que, una vez, después de unos exámenes, le pedí que se alejara de algunos ambientes, y ella necesitó decirme que la gente con la que se juntaba era mucho mejor y había estado más al pie del cañón en sus peores momentos que la mayoría de gente con estudios que había conocido. Y no pude estar más de acuerdo. Solo lo decía, le respondí, porque ya sabemos contra quién va dirigida la violencia del Estado, y no quiero volver a verte presa. Pero gracias por contestar. Siempre.
En la clase de mi hija también les comenté que las personas que están presas ya no llevaban uniformes, ni bolas de hierro encadenadas a los pies, que ya no había rejas pero sí vallas, cuchillas en las partes altas, muros de hormigón, y muchas muchas muchas puertas de metal y estruendo, que se cierran detrás de ti haciéndote cada vez más pequeña, menos autónoma, más vendida a sus normas no escritas, más a la merced de quienes controlan los movimientos y la cadencia de sus pasillos, la arbitrariedad de su día a día, a veces sostenida por rumores que modulan los gestos y posibilidades de unos cuerpos que dejan de tener agencia y dependen, dependen, dependen, como bien apuntaba Ávila Navas en su libro. Se genera un estado de mendicidad en el que el preso que tiene que pedirlo todo, todo ha de ser solicitado, un estado en el que dependes de otros para cualquier cosa, siempre a expensas de evaluaciones, de instancias, de juntas, de lo que decida el funcionario de turno. Hasta para que te asistan sanitariamente. Incluso la salud bajo voluntad y criterio ajenos. “Este preso no puede ir a este sitio porque sospechamos que x”, “Esta otra no puede ver a tal por si acaso hace x”. Su propia ley no escrita e impune. La cárcel, paradójicamente, es un lugar de impunidad.
Se genera un estado de mendicidad en el que el preso que tiene que pedirlo todo, todo ha de ser solicitado, un estado en el que dependes de otros para cualquier cosa, siempre a expensas de evaluaciones, de instancias, de juntas, de lo que decida el funcionario de turno.
Pero también les hablé del día a día y de todas las actividades que tienen. Que en la escuela de la cárcel en la que yo trabajo hay los mismos alumnos que en el cole donde daba la charla. Hay cárceles con escuelas enormes, de hasta 200 alumnos. Y también recordé que las cárceles de mujeres son mucho menos activas, se les ofrecen muchas menos posibilidades porque gentes que saben dicen que a los hombres sí hay que tenerlos entretenidos, pero que, a las mujeres, una hostia a la primera de cambio las deja arrastradas ya para toda su pena. Esto es algo que tiene que saberse. Que hay muchas formas de castigo dentro de la prisión, y que eso hace que no puedan ser libres ni siquiera dentro de los muros. El castigo dentro del castigo que ya es la privación de libertad. ¿Hasta dónde puede llegar entonces la pena? ¿Hasta dónde? La cárcel y el cole tienen algunas cosas en común, como bien nos contó Foucault, y de hecho a las compis de mi hija les hizo gracia que también hubiera chivatos en la cárcel. Pero allí se les premia de manera sistemática, y es un desastre porque eso rompe el grupo y la solidaridad, como ya advertían los compañeros de la Coordinadora de Presos en Lucha COPEL, desde los años setenta, que aprendieron de muchos, pero especialmente de la lucha abolicionista de las Panteras Negras, cuya causa llegaba en formato de libros que circulaban como la pólvora entre los pasillos y las esperanzas de los presos. Ya entonces se usaba esta estrategia, y es justo decir que no todos, tampoco ahora, y a pesar de todo, caen en este chantaje que es delatar a compañeros. Hace poco, de hecho, y mientras iba al baño de la escuela, escuché a un estudiante diciéndole a otro esto mismo: hablaba de cómo conseguir la libertad, y le decía, “yo quiero la libertad pero pagando mi pena, no como otros, que creen que lo van a conseguir siendo unos chivatos. Se creen que así van a salir antes, pero no, así solo consiguen beneficios de mierda. Yo prefiero conseguir la libertad de otros modos”. Y es que ésta es una de las formas que han tenido de desarticular la posibilidad de una comunidad y su sensación de pertenencia de las personas presas: generar sospechas y vigilancias desde abajo, también jerarquías muy claras. Esto también pasa afuera, pero es más crudo en prisión. Desde los módulos de respeto a los ordenanzas, desde quién puede trabajar a quién accede a los permisos. Una vez una funcionaria me dijo, incluso aterrada por tanto chivato, “¡pero si venderían a su madre!”, sin darse cuenta de que ella era la misma estructura que denigra y sostiene ese tormento.
También les aseguré que no me daba miedo. El primer día quizás un poco de respeto porque no sabía cómo iban a ser mis alumnos, pero nunca me había sentido en peligro. Y no es que sea insensata. Siento miedo ante la guerra, peligro ante la reacción patriarcal; sentí mucho miedo cuando me quedé embarazada estando en paro; cuando vi que arrestaban a mis amigos en sus casas por organizarse políticamente. Ahí sí que sentí miedo. De los presos no. Y es que nadie es malo todo el rato. Pero además, ¿qué es ser malo? ¿Por qué no pensamos un poco más qué lleva a alguien a portarse mal? Porque a veces hacemos cosas aparentemente malas pero porque se dan unas circunstancias concretas. Quizás si tratásemos de anticiparnos a los hechos que se repiten a menudo ganaríamos más. El castigo sólo funciona con hechos consumados, a posteriori, tratando de que además sea ejemplarizante, con lo que siempre hay alguien que lo sufre en extremo por si acaso. Si pensamos en las causas de los hechos delictivos, y no sólo en el hecho en sí, el mapa se amplía, las responsabilidades crecen y apuntan a más lugares y personas. Por supuesto, es mucho más sencillo castigar a una persona de manera individual por un delito que tratar de reflexionar sobre las estructuras y desigualdades que lo han llevado a ese puerto. Pero, sobre todo, es mucho más útil a un sistema que no quiere autocríticas ni cambios radicales, que no quiere revisarse, horizontalizarse, redistribuir su riqueza, liberar los territorios y los cuerpos que explota hasta el despojo, que necesita colectivos a los que responsabilizar de todo y en donde concentrar los miedos sociales, las pesadillas que justifiquen cada vez más seguridad, más vigilancia, más policía, más violencia. Ya sabemos que las leyes están a menudo escritas para beneficiar a quienes tienen más poder. No hay más que estudiar la historia. Y así nos luce el pelo. Pero además, les lancé una pregunta que me inquietaba muchísimo y ante a que se hizo un gran silencio. “Pero, si pensáis que la cárcel es tan horrible y que se pasa tan mal, ¿por qué no hacemos nada para cambiarla?”.
El castigo sólo funciona con hechos consumados, a posteriori, tratando de que además sea ejemplarizante, con lo que siempre hay alguien que lo sufre en extremo por si acaso.
Después de dejar que el silencio ocupara su tiempo en el aula, pasé a la dinámica de historias de vida. Esto es, les hablé de mis alumnos, de lo que yo sabía de ellos porque me lo habían ido contando en clase o en las redacciones que les pedía que me hicieran: “José es un chico muy listo que jugaba al balonmano antes de entrar. Sus padres siempre iban a verlo a los partidos. En la cárcel trabaja en una tienda llamada economato y estudia mucho para entrar a la uni, quiere hacer Psicología después. Alfredo es papá de un peque de cuatro años, antes de entrar trabajaba en el ejército y arreglaba helicópteros. Jorge era chófer y ahora está estudiando para hacer oposiciones y trabajar de conductor de coches oficiales cuando salga. Ricardo es un poco pillo, siempre está de broma, pero es listísimo, saca las mejores notas y es un buen compañero. Aunque se ríe de todo, cuando alguien no entiende algo, lo ayuda hasta que lo comprende y se preocupa por hacer sentir bien a los compis, también a mí cuando me enredo en alguna explicación. Tiene muy buen corazón, ve a los demás. Alberto es colombiano, le cuesta un poco el inglés y lo pasa regular, echa de menos a su familia y ha pasado épocas complicadas en las que incluso prefería no venir a clase, pero sus compañeros lo apoyan mucho. Antonio era joyero y sabe mucho de historia de las joyas y los adornos, quiere estudiar historia del arte! Yo quise entrar a dar clase aquí para reducir un poco los muros que nos separan con las personas que están dentro. Y me gustaría tener la posibilidad de dar clase también en la cárcel que hay cerca de mi pueblo. Para mí, ellos son mis vecinos, son nuestros vecinos, y, como tal, creo que está bien establecer una relación de cercanía y cuidados.”
Luego fui con datos pintados sobre quesos acerca del tipo de delitos que llenan las prisiones. La imagen me permitía que se viera claramente que la gran mayoría (dos tercios aproximadamente) están asociados a desigualdad y mal reparto de la riqueza. Hablamos un rato de esto. De precariedad y formas de salir adelante. Alguno dijo que por qué no trabajaban para conseguir dinero. A lo que un compi respondió: “Mi madre tiene dos trabajos y no llega a fin de mes”. Luego salieron varias historias de lo difícil que era acceder a una vivienda. Que para entrar te piden muchas pruebas de que vas a poder pagar, y que a las personas migrantes les ponen aún más trabas. De que todo es carísimo, que muchos se vinieron al pueblo porque parecía más sencillo que en la ciudad, pero que ahora estaba imposible también aquí en el pueblo, y que aunque sus padres trabajasen, no conseguían alquilar. Que había mamás que criaban solas y que tampoco llegaban a todo, y trabajaban mucho, sin días de descanso, sin descanso, que de hecho apenas se veían y las echaban de menos. Sus respuestas fueron mejores que cualquier explicación. Además, era importante que entendieran que, aunque en el Estado español hay muuuuchos menos delitos que en el resto de Europa, el número de personas presas aquí es mucho más alto! (32% superior a la media europea). Les conté que hay gente que trabaja haciendo estos cálculos, y que asociaciones como ROSEP dice que al menos “un 50% de personas encarceladas deberían estar en libertad”, con trabajos de reinserción de carácter social, terapéutico y comunitario. También que, cuanto más tiempo se pasa en prisión más difícil es volver a una vida normal y, a pesar de todo, las leyes siguen haciendo crecer las penas sobre todo para los delitos que atentan contra el patrimonio, esto es, la propiedad privada (no hay más que ver la nueva ley sobre multirreincidencia).
Era interesante ver que había una gran disonancia entre los delitos a los que más habían aludido durante la nube de palabras: los asesinatos, y que, en el queso, apenas ocupaban una rayita (sólo el 6%), ¿cómo es posible que entonces ocupe taaaanto espacio en los imaginarios carcelarios de nuestras infancias? ¿Quién crea estas imágenes? ¿A quién estamos dando el poder de subjetivar así a les niñes de nuestras comunidades? ¿A quién beneficia que tengamos ese miedo visceral inoculado de aquellos que pueblan las prisiones? ¿Cuál es el rostro que nuestras mentes construyen de estas personas? ¿Qué justifica? ¿El racismo, las fronteras, la violencia policial, las redadas racistas, la hipervigilancia? Y, en este sentido, ¿a quién sirve la cárcel? ¿en qué momento naturalizamos el privar a la gente de su libertad? ¿Que acaso era normal encerrarla entre cuatro muros? ¿A quién puede servir eso? ¿A las personas presas? ¿A una sociedad que siente así una falsa seguridad? ¿A un sistema que se asegura bolsas de pobreza a las que criminalizar? ¿A un sistema basado en la propiedad privada y el despojo? ¿protege esto de algo realmente? ¿a quién? ¿o es un castigo? ¿trata de encerrar lo peligroso? Pero, si ya hemos visto que la mayoría no lo son… ¿Es entonces una cuestión ejemplarizante? Porque, de este modo, y como he dicho antes, las personas presas estarían pagando el mandato de mantener el orden afuera, la necesidad del sistema de su propio orden. Más allá del sufrimiento que genera y que solo reproduce más violencia, y pensando también en términos educativos: Qué es mejor, ¿dejar de hacer cosas por miedo al castigo o porque decido hacerlas de otro modo?
¿A quién beneficia que tengamos ese miedo visceral inoculado de aquellos que pueblan las prisiones? ¿Cuál es el rostro que nuestras mentes construyen de estas personas? ¿Qué justifica? ¿El racismo, las fronteras, la violencia policial, las redadas racistas, la hipervigilancia?
Luego pasamos a pensar en clave histórica, que cuando se enfoca desde cierto ángulo es una herramienta de crítica implacable. Nada mejor que el conocimiento histórico para desmontar “verdades” naturalizadas que generan de un lado desigualdad y del otro privilegios. Hicimos una línea de tiempo larguiiiiiisima, en donde marcamos el inicio de la escritura, la construcción de alguna de las maravillas de la antigüedad, el nacimiento de Jesús como inicio del tiempo judeocristiano (otro día nos metemos en cuestiones de calendario) ¿Desde cuándo existe la cárcel como tal? Es decir, como espacio en el que se castiga en base a la privación de libertad. Porque castigos físicos o destierros ha habido de manera amplia a lo largo de la historia. También pena de muerte. Pero la cárcel moderna que hoy conocemos surge en el siglo XVIII y apenas ocupaba una franja pequeñísima en esa inmensidad insondable que es la historia y que temerariamente dibujamos como línea. Pero es que, además, no todo ha sido delito siempre. Y ahí hablamos de Leyes como la de Vagos y maleantes o la de Peligrosidad social. Hablamos, por ejemplo, de cómo a mujeres que tenían muchos novios, que eran muy llamativas o que tenían novias, las encerraban… Una niña saltó estupefacta. No podía ser. No se lo creía. Eso no podía ser posible. Estaba mintiendo. ¿Encerrar a mujeres por amar a otras mujeres? Estalló en lágrimas. Su padre luego me dijo que estuvieron varios días hablando de estos temas durante la cena. Esta niña, que es tremendamente sensible, finalmente dijo: “Pero entonces, si antes había leyes que eran injustas, ¿no es posible que ahora siga habiendo leyes injustas también?”.
Con esta pregunta sobrevolando, les pedí que me dijeran cómo imaginaban ahora la cárcel: limpia, con luz, la mayoría de las personas no son malas, hacen deporte, es importante que se comuniquen con el exterior, las clases son normales, no pegan, es bonita, comen con cubiertos, hay gente maja, la comida no está mal, hay que cambiar las normas, en verdad hay buena gente, hace falta que les llevan más comida y les traten mejor… Sólo habían pasado dos horas y la nube de palabras se había destensado. ¿cómo puede cambiar un imaginario en dos horas? ¿de verdad es tan difícil romper ciertos estigmas o de dónde vienen las reticencias? Por eso me alegró tanto que la profe de mi hija me invitara a contar mi experiencia dando clases en la cárcel, me pareció valiente y a contracorriente. Luego, intenté replicar este taller en más clases del cole, pero la dirección no lo aceptó. En su opinión, ésta no era una necesidad del alumnado. Lo cierto es que, aún hoy, año y medio después, cuando me cruzo por el pueblo a las peques que estuvieron, me preguntan por mis alumnos y por cómo van mis clases.
Hay muchas estrategias que nos pueden ayudar a cambiar imaginarios, a imaginar de otro modo. Preguntar por las causas, pensar los problemas como cuestiones colectivas, las leyes en perspectiva histórica y estructural, hacernos cargo de quiénes están en situaciones de mayor vulnerabilidad y riesgo, asumir nuestra responsabilidad en esta estructura, pensar los porqués. Recurrir a la historia para desnaturalizar. Contar historias de vida para humanizar. Para devolver carne, alegrías y dolores a quien devino número u objeto del miedo. Dejar así que sus afectos nos afecten. Achicar muros, hacer más porosas nuestras pieles. Como cuando me estaba yendo de la clase, que una peque que es una genia, me paró y me dijo: “¡Espera, espera! Toma esto que he escrito para Ricardo, tu alumno ese que es muy pillo, ¿se la puedes dar de mi parte?”. “¡Obvio! Le va a hacer mucha ilusión”, le dije. Sobre un papel rojo, Violeta había pintado un dibujito y había escrito: “Hola Ricardo, me llamo Violeta, yo soy una de las tuyas. ¡Pórtate bien!”. Yo soy una de las tuyas. Yo soy una de las tuyas. Yo soy una de las tuyas. Señoría, no tengo nada más que añadir.