Mujer levantando la mano en señal de victoria, sobre un fondo de manifestación nocturna

Movimiento «Mujer, Vida, Libertad» en Irán, 2022

Desde La Laboratoria proponemos siempre, frente a la inmediatez y los ritmos que nos impone la guerra, tener reflexiones pausadas que nos permitan ver más allá de las primeras impresiones, enlazar las micropolíticas con las macro, mirar los tiempos largos de la historia, acudir a la memoria como brújula para imaginar horizontes de futuro. 

Es por esto, y por la cercanía y admiración hacia las compañeras de Roja, colectivo feminista internacionalista independiente y diaspórico, constituido a partir del asesinato de Jina (Mahsa) Amini y el movimiento «Jin, Jiyan, Azadî» («Mujer, Vida, Libertad») en Irán en septiembre de 2022, que queremos retomar algunos fragmentos de la entrevista ya publicada en esta web (leer aquí) a Somayeh Rostampour, militante kurda iraní, comprometida con la lucha kurda y con el feminismo revolucionario; y varios fragmentos también de Roja del texto a tres voces Irán: Un levantamiento asediado desde dentro y desde fuera (leer aquí). 

Debido a la longitud del texto lo hemos dividido en 6 partes, esta es la primera. 

Fragmentos de la entrevista de Marta Malo y Verónica Gago a Somayeh Rostampour

Sobre la coyuntura: 

«Nuestra lectura de la coyuntura actual  se construye a partir de dos puntos: el punto de vista feminista y la experiencia de la revolución de Irán en 1979, que fue una revolución antiimperialista, un ejemplo muy importante para muchos intelectuales y militantes, desde Foucault hasta Sartre. Fue una revolución contra el Shah, pero como el Shah era una figura afín a Estados Unidos, fue también una revolución contra el imperialismo, contra la política y los valores occidentales impuestos, cuyo espíritu se remonta al golpe de estado orquestado por Estados Unidos dos décadas antes contra Mohammad Mosaddeq.

Entre los kurdos, hay una conciencia antiimperialista muy clara vinculada al reparto que hicieron de Kurdistán Francia, Estados Unidos y Gran Bretaña después de la Primera Guerra Mundial. Pero la revolución antiimperialista en Irán tuvo consecuencias trágicas para mucha gente, en particular para las mujeres y para las minorías nacionales que viven en Irán (también baluchíes, árabes, etc.) a partir de una interpretación opresiva de los valores persas e islámicos, como símbolo de resistencia contra los valores occidentales.

En mi experiencia como kurda, la memoria colectiva de la revolución en Irán es inseparable de la yihad de Jomeini contra Kurdistán, apenas unos meses después de la revolución. Y en mi experiencia como mujer, está ligada a lo que algunas feministas llaman apartheid de género: un estado y una sociedad hipermasculinistas, que nos pone en desigualdad en todas partes, en la educación, en el trabajo, ante la ley, en el espacio político o público.

Para nosotras, Estados Unidos, Israel, Europa, son imperialistas, no tenemos ninguna duda al respecto. Pero la pregunta es si no son también imperialistas otros países, como China y Rusia, que están ayudando a Irán, a Siria, a todos estos países poscoloniales, construidos a principios del siglo XX, muy diferentes de las socialdemocracias occidentales. Mi reflexión apunta también a la construcción de los Estados-nación, donde el nacionalismo y las identidades nacionales tienen un peso muy importante y son una herramienta de borrado de las minorías. En el caso de Irán, la nación se vincula con la identidad persa, con referencias glorificadoras a una supuesta edad de oro del Imperio persa, cuando el 40% de la población de Irán no es persa. Tras la revolución, a este relato nacionalista se le añadió una capa islamista. En ambas ópticas, los kurdos y otras minorías están completamente ausentes, como si no existieran. En el caso de las mujeres, en países como Turquía, Egipto o Irán en la década de 1960, el relato nacionalista era más ambivalente, porque sí que incluía un feminismo liberal, con esa idea occidentalista de la mujer educada, que es también madre de la nación. Pero en Irán, con la República constituida a partir de la revolución, la mujer dejó de existir.

Cuando hablamos de la fascistización de la sociedad, lo primero que visualizo es esta violencia que se produce en estos regímenes poscoloniales, apoyados por Occidente o por otras potencias que también son imperialistas, como Rusia o China, o la propia República de Irán. No hay que olvidar la intervención de Irán en Siria, en Yemen, etc., para no verlo solo como una víctima del imperialismo, en particular ahora que la imagen de víctima se intensifica con el ataque de Israel y Estados Unidos. Irán ha participado en masacres, en crímenes en muchos países. Para los kurdos está muy claro.

Durante los primeros diez años de la construcción de la República de Irán, hubo mucha violencia, muchos presos políticos, es una historia muy conocida, pero hay otra violencia continua, que se ha sostenido hasta el día de hoy, de la que se habla menos. Para nosotras, esta fascistización está relacionada con la violencia del Estado, así que no podemos separar la violencia estatal de nuestro análisis antiimperialista. Desde nuestro exilio, como diáspora, tratamos de cambiar el relato donde solo hay dos campos enfrentados y hay que posicionarse de uno u otro lado.

Desde nuestra perspectiva, no está solo la violencia imperialista de Estados Unidos e Israel, innegable, sino también de otros imperios que intervienen en la región, como China y Rusia, o de Estados como Irán o Turquía, que son expansionistas o semi-imperialistas.

Podemos calificar su posición como queramos, pero lo importante es que, aún siendo víctimas de grandes imperialismos en la historia, también están participando y contribuyendo a una dinámica global imperial, en su puja por hacerse un lugar en el orden global, oprimiendo a otras poblaciones en su región, robando territorio y haciendo limpiezas étnicas. Sin la intervención de Irán en Siria, Assad habría caído con la Primavera árabe. La consecuencia de esta ayuda fue el desplazamiento de miles de personas y el asesinato trágico de otros miles.

Este impulso expansionista va acompañado de una violencia del Estado contra sus propios ciudadanos y de la militarización en las fronteras del país, en particular de las fronteras kurdas. Cuando ahora converso con camaradas kurdas, casi todas me dicen: «Llevamos en estado de guerra desde hace cuarenta años, no es algo nuevo». La vida cotidiana bajo el régimen de la República de Irán ha estado marcada por esta militarización. Para quienes han crecido en esta cultura política, es ridículo decir que el enemigo es solo Estados Unidos y que la República de Irán es solo una víctima.

Como parte de la diáspora, era fundamental explicar esto. Irán ha estado muy aislado y la resistencia cuenta con pocos recursos, la mayoría de materiales no están traducidos, etc. Yo misma no tengo suficiente información sobre muchos países africanos, así que trato de encontrar compañeras de confianza que puedan informarme. Por eso estamos tratando de hacer redes, para tener un discurso internacionalista con arraigo en los territorios. Pero la gente con posiciones más campistas ni siquiera nos pregunta: ya tiene el análisis hecho y no quiere que le pongamos en duda su discurso. El antiimperialismo campista, que solo admite una dualidad de agresor y agredido, a veces sirve de lavado de regímenes profundamente autoritarios: es una especie de antiimperialist-washing que funciona igual que el pink o el green-washing, como operación política y cognitiva que achata nuestra lectura de los órdenes geopolíticos. Este antiimperialist-washing ha contribuido a reconstruir la legitimidad internacional que la República Islámica había perdido con el levantamiento nacional de 2022 y la rebelión de Jina, en particular entre la izquierda y los feminismos. Es decir, actúa en dirección contraria a todos los esfuerzos de las y los luchadores dentro del país.

Las mujeres en Irán tenemos un trauma con esto. El primer 8 de marzo después de la instauración de la República de Irán, se convocó una gran movilización contra la obligación del hiyab. Miles de mujeres salieron a la calle en Teherán y en muchas ciudades del Kurdistán. Muchas organizaciones de izquierdas no solo se negaron a sumarse a la manifestación sino que atacaron a las mujeres convocantes, diciendo que no podían poner en cuestión así una revolución antiimperialista. Algunas de las caras más visibles del movimiento feminista en Irán de aquel momento grabaron vídeos declarando que estaban dispuestas a aceptar el hiyab como símbolo de identidad y resistencia contra el imperialismo. Lo defendían como un precio a pagar por la revolución. Ahora nos damos cuenta de que fue un gran error, que no queremos volver a cometer. Ninguna revolución puede exigirnos aceptar nuestra opresión.”  

Sobre la diáspora 

«Yo estuve en el exilio, luego volví a Irán y luego ya no pude regresar. Llevo sin volver desde 2016. Cuando te desplazas, tus experiencias revolucionarias viajan contigo y está el reto de cómo mantenerlas vivas allá donde llegas, pero también la cuestión de cómo comprometerte en el nuevo lugar, en mi caso Francia, un país colonial y profundamente racista, en el que también quiero implicarme y luchar. En este sentido, creo que la experiencia como feminista kurda iraní me ha ayudado mucho, porque desde siempre he estado obligada a ser un poco pulpo para aunar diferentes luchas, que es lo que nos toca hacer en el exilio y en la inmigración. Por supuesto es difícil, porque cuando llegas a un país como este, eres solo una trabajadora, te enfrentas a muchos problemas administrativos y eres víctima del racismo estructural, no solo del racismo cotidiano. Vives un desclasamiento y de golpe no hay lugar para la política y la militancia. Te toca además aprender un montón de nuevos códigos para integrarte, sin los recursos individuales y colectivos que tienes en tu país.

Es verdad que los estallidos revolucionarios en nuestros países cambian también la situación en la diáspora y así fue con el movimiento «Jin, Jiyan, Azadî», que prendió en toda la diáspora iraní. A mí me dio la oportunidad de conocer a personas que habían vivido el 79 iraní y que forman parte de otra tradición revolucionaria que en Irán ha sido exterminada: no te los encuentras en el país, porque todos murieron asesinados o se callaron para siempre después del encarcelamiento y la tortura. Mi propio exilio y la nueva revuelta me permitió conocer a quienes lograron huir entonces y acceder a través suyo a un relato totalmente nuevo de lo que sucedió en Irán en el 79. Recuerdo un día, volviendo de la biblioteca, que descubrí una librería con libros en persa y en francés. Entré y conocí al hombre que la llevaba, que había vivido la revolución en Irán. Empecé a ir a esa librería tres o cuatro veces por semana, a tomar té con este librero y a conversar. De su mano, descubrí otro mundo, otra historia de Irán. Descubrí por ejemplo el papel que tuvo la Confederación de Estudiantes de Irán en la lucha contra el Shah, cómo organizaron a toda la diáspora iraní para derrocar su monarquía. Todos volvieron a Irán al caer el Shah, pero no queda nada de su memoria. El régimen de Jomeini no solo asesinó a personas, sino los relatos y toda la aspiración revolucionaria de izquierdas.

La diáspora me permitió también conocer y hablar con sirios que habían protagonizado el movimiento contra Assad, entender el papel que había tenido la intervención iraní para aplastar la revuelta, y no solo entenderlo intelectualmente, sino conversar y construir un relato otro de los movimientos en nuestra región, a partir de los espejos entre una región y otra, y también en ese esfuerzo por hacer vivir, mantener vivas, todas nuestras aspiraciones. La segunda ola de la primavera árabe, la que se produce después de 2018-2019, con revueltas desde Sudán hasta Líbano, Irak e Irán, supone un punto de inflexión que nos permite intensificar las conversaciones. Y, a partir de 2022 y el movimiento de «Jin, Jiyan, Azadî», se produce además toda la unidad de la que os hablaba también en la diáspora iraní.

No obstante, a partir del 7 de octubre, la división ha vuelto a reemplazar la solidaridad, porque Irán está instrumentalizando la cuestión palestina. La ha convertido en una cuestión del régimen y desde el primer año de escuela las criaturas tienen que ir por obligación a manifestaciones por Palestina. Es un ritual nacional. Lo mismo sucedía en la Siria de Assad. Mucha gente aplica la lógica de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, por lo que la gente que está en contra del régimen opresivo iraní, que es la mayoría de la población del país, es reticente a apoyar la causa palestina. Por lo que nosotras, como personas de izquierdas que apoyamos Palestina pero también estamos contra el régimen de Irán, estamos en una posición muy difícil.

Sobre la producción de narrativas diaspóricas

«Nosotras hemos puesto mucho empeño en construir narrativas y prácticas autónomas, que permitieran dar sentido a ambas posiciones juntas y aportar al debate traduciendo y ayudando a que hubiera una circulación de ida y vuelta. Pero es verdad que las cosas se han complicado desde el 7 de octubre. Como diáspora tenemos una posición vulnerable, sufrimos el racismo cotidiano e institucional y no estamos suficientemente organizadas, así que ha sido fácil dividirnos.

Tengo la sensación de que vivimos dos guerras: una guerra extendida, impuesta sobre nuestros territorios por Estados Unidos e Israel, y otra guerra entre nosotras. Los cambios geopolíticos son tan rápidos que no alcanzamos a seguirlos a la velocidad a la que suceden. Te sientes tan a presión, tan agotada de luchar en todas partes: contra la República de Irán como feminista y kurda, contra el racismo, la islamofobia y las narrativas coloniales sobre los países musulmanes aquí en Europa como inmigrante y exiliada, por Palestina y por la liberación de las mujeres y del pueblo kurdo como persona internacionalista y de izquierdas, etc. Y, al mismo tiempo, la confusión: darte cuenta que se instrumentaliza nuestra lucha, que Trump, por ejemplo, se aprovechó de la alegría por la caída de la dictadura en Siria tras la salida de Asad; que Israel, con el apoyo de Estados Unidos, se beneficia de la represión histórica de las minorías nacionales y étnicas en la región; que ciertas feministas islamófobas (a menudo con inclinaciones coloniales e imperialistas) se apropiaron de las luchas pioneras y radicales de las mujeres kurdas en Rojava o de las mujeres en Irán, poniéndolas al servicio de relatos eurocéntricos, islamófobos, orientalistas y en ocasiones belicistas; e incluso aquellas que en 2022 defendieron con firmeza el movimiento «Jin, Jiyan, Azadî», hoy guardan silencio frente a los ataques de Israel contra esas mismas mujeres en Irán, porque saben que condenar a Israel significaría expresar solidaridad con Palestina, y no pueden o no quieren posicionarse contra el genocidio en curso contra el pueblo palestino.»

Sobre la instrumentalización de la lucha kurda

«En la diáspora, también entendemos mejor las dinámicas de reapropiación de nuestras narrativas. Por ejemplo, ha habido dos momentos importantes en los que la narrativa feminista revolucionaria de Rojava ha sido completamente instrumentalizada por el feminismo liberal, imperial y colonial:

El primero en 2014-2015, cuando las combatientes kurdas de Rojava luchaban contra el Daesh. Se presentó el movimiento kurdo como un movimiento puramente militar, obviando que se trata de una organización revolucionaria con millones de personas y con aspectos sociales y políticos mucho más importantes que los militares. Además, se utilizó la lucha de las mujeres kurdas por la supervivencia, contra el Daesh y contra las fuerzas de Assad, para alimentar los relatos islamófobos, como si las mujeres kurdas fueran las únicas mujeres liberadas de la región. El coraje de las mujeres kurdas se construyó casa por casa, calle por calle, desde las cárceles hasta las montañas, a partir de una militancia feminista de la vida cotidiana, nada elitista, muy politizada y a la vez muy popular. Ver de golpe cómo todo eso era instrumentalizado para alimentar la islamofobia y justificar la intervención de las potencias coloniales en Oriente Medio fue horrible.

El segundo momento donde hemos sufrido esta instrumentalización fue en 2022, con «Jin, Jiyan, Azadî», que fue un movimiento feminista revolucionario. El eslogan viene del movimiento kurdo y tiene un claro contenido antiimperialista y anticolonial. Nosotras lo llevamos a las manifestaciones aquí en París desde 2014, aunque muchas de mis camaradas feministas de Irán lo escucharon por primera vez en 2022, por esa brecha que existe entre las kurdas y otras iraníes. La narrativa kurda hasta 2022 había sido una narrativa periférica, no tenía un lugar dentro de la narrativa feminista general en Irán. Suele ser difícil llevar las proposiciones políticas periféricas a los centros. Por lo general sucede al revés: las proposiciones vienen del centro y nosotras nos limitamos a consumirlas. La autonomía también significa eso: romper con esa relación de consumo y producir tu propia narrativa.

Entonces, a partir de 2022, el eslogan «Jin, Jiyan, Azadî» encuentra un lugar, en el país y en todas partes y mantiene ese potencial feminista y revolucionario. Pero, por segunda vez, somos testigos de su instrumentalización aquí en Europa. Mujeres liberales a las que no les importa nada la vida de ninguna mujer en los países musulmanes, que nunca se habían preocupado por nuestras luchas o por nuestros problemas, de golpe se vuelcan porque ven la cuestión del hiyab en el centro. Pero el movimiento de 2022 no solo tenía que ver con el hiyab, era un movimiento interseccional contra todo un sistema.

Estas personas que se “solidarizaron” con nuestro movimiento porque les era útil para legitimar su islamofobia y atacar a las mujeres musulmanas que viven en Europa, humillarlas por usar hiyab, ahora apoyan o callan ante el genocidio de Israel contra Palestina. Hay una televisión persa, con sede en Reino Unido, que es muy importante en los hogares en Irán. Es un canal muy reaccionario, pro-israelí. Pues bien, periodistas de este canal fueron a Gaza y escribieron sobre unas ruinas «Mujer, Vida, Libertad». Fue terrible.

Estas son cosas que a lo mejor si vives en Irán o Siria no ves con tanta claridad, porque no sufres el racismo como lo vivimos aquí, estás inmersa en tu propia lucha, tu propia causa, tu propia supervivencia. En la diáspora todo esto se clarifica. 

La instrumentalización de nuestras luchas no tiene nada que ver con la solidaridad, sino que es más bien otro tipo de extractivismo: hacen extractivismo de nuestras luchas igual que hacen extractivismo de nuestras tierras, roban y vacían nuestros lemas de la misma manera que roban y vacían los pozos de petróleo.

Esto por supuesto no tiene que llevarnos a abandonar nuestras luchas y lemas, porque sería ceder a la contrarrevolución en curso. Como diáspora resistimos a esta banalización de nuestros discursos, seguimos siendo feministas y queer, peleamos por volver a cargar nuestros lemas de todo su significado. Son lemas llenos de historia y memoria revolucionaria, que nos ha llevado décadas construir juntas: no podemos tirarlos a la basura así como así, sería ceder al despojo. Pero la apropiación occidental de los movimientos radicales del Sur Global obliga a esos mismos pueblos a luchar también por demostrar la legitimidad de sus luchas. En el caso de «Jin, Jiyan, Azadî», tras los usos instrumentales, la legitimidad del movimiento se vio debilitada entre las corrientes de izquierda y decoloniales del exterior y hoy su recuperación no solo es una necesidad urgente, sino que exige de nosotrxs un esfuerzo redoblado.»