Manifestación del 17 de octubre de 2026 en République. Foto: Mzn17, CC0, via Wikimedia Commons

Por Gavin Jacobson para Equator

Desde La Laboratoria traducimos al castellano esta entrevista publicada inicialmente en Equator donde la investigadora y realizadora franco-iraní Chowra Makaremi y el filósofo y editor belga Michel Feher conversan sobre la política de la revuelta y el espectro del fascismo en Francia.

En las últimas dos semanas, Francia ha vuelto a sumirse en un estado de rebelión urbana, caracterizado por encierros en universidades en todo el país, bloqueos de institutos de educación secundaria y encarnizados enfrentamientos callejeros que alcanzaron su sangriento punto álgido el 17 de octubre. Lo que comenzó como una ola localizada de agitación juvenil (desencadenada por una combinación de violencia policial, deterioro de las infraestructuras y el uso de Parcoursup, la opaca plataforma francesa de admisión a la universidad) se ha convertido en una crisis social más amplia, que aúna los agravios aún sin solventar de los Chalecos Amarillos y la indignación sostenida de quienes viven en las «banlieues».

La respuesta del Estado ha sido intransigente y militarizada. Mediante el despliegue de medidas de control de multitudes propias de un campo de batalla, detenciones preventivas en masa y condenas exprés, el Ejecutivo ha recurrido al conocido arsenal de la contrainsurgencia en un intento por pacificar sus propias calles. Resulta irónico que el punto álgido de esta represión se produjera el 17 de octubre, una fecha marcada en la historia de Francia por la masacre de 1961 y el ahogamiento de manifestantes argelinos en el Sena, cuyo legado resuena en los cánticos de la juventud actual.

En lugar de reconocer la reivindicación de los manifestantes de un futuro digno («una vida deseable», como reza el lema), tanto el centro como la extrema derecha han orquestado el clásico pánico moral. En lugar de leer los levantamientos como una crisis de la legitimidad neoliberal, los han reinscrito como amenaza existencial: una infiltración bárbara del «Tercer Mundo» que pone en peligro el orden occidental blanco. Este marco civilizatorio, en el que los barrios populares se presentan como zonas hostiles dentro de la nación, sirve para eximir al Estado de concesiones sociales, al tiempo que consolida una coalición gubernamental en torno a la promesa reaccionaria de cero sacrificio personal y exclusión total.

Para comprender la crisis, hemos hablado con Chowra Makaremi y Michel Feher, cuyas perspectivas combinadas analizan tanto la represión estatal inmediata como el alcance de los imaginarios políticos de extrema derecha que están redefiniendo los términos de la revuelta europea contemporánea.

Gavin Jacobson. ¿Qué ambiente se respira ahora mismo en París?

Chowra Makaremi. Yo hablo desde la EHESS, una universidad ocupada por el estudiantado y cerrada, como la mayoría de las demás en estos momentos. En cierto modo, me recuerda a los testimonios que recopilé durante los levantamientos de Mujer, Vida, Libertad en Irán. La gente decía tener la sensación de llevar una vida cotidiana completamente normal, aunque las pantallas de televisión se llenaran de vibrantes manifestaciones. Vivimos en una doble temporalidad: por un lado, el ritmo de las manifestaciones (unas cuatro en las últimas dos semanas, con su punto álgido el 17 de octubre); por otro, el ritmo de lo cotidiano, saturado por un discurso mediático centrado en las respuestas policiales y el pánico moral ante los disturbios.

Aunque hay nuevas dinámicas en juego en este momento de efervescencia política, también hay ecos de luchas e indignaciones recientes, que resuenan ahora al unísono: ya sea el movimiento estudiantil global de 2024 contra el genocidio en Gaza, los disturbios de 2023 en los barrios obreros por el asesinato policial de Nahel Merzouk o la «rabia ecológica» en los barrios obreros más afectados por las recientes olas de calor. Por último, están volviendo a la superficie las reivindicaciones no atendidas de los «Chalecos Amarillos», sofocadas por la COVID-19 pero nunca resueltas. Aunque la izquierda se erigió como el mayor bloque parlamentario tras las elecciones legislativas de 2024, esto no se ha traducido en ningún momento en representación ni en poder institucional. El estudiantado de secundaria que solo tenía entre ocho y diez años en el momento álgido de los «Chalecos Amarillos» corea ahora sus consignas.

Michel Feher. Creo que la situación se encuentra en una tregua temporal. Lo que está en juego en estos momentos es un choque radical de interpretaciones sobre los acontecimientos del 17 de octubre.

Para el Gobierno y los medios de comunicación dominantes, el discurso gira exclusivamente en torno a la «violencia sin sentido». Macron se hizo eco del ex primer ministro Manuel Valls, quien, tras los atentados terroristas de 2015, afirmó que «intentar comprender ya es justificar, y esto es injustificable». Con ello se da a entender que, aunque los manifestantes puedan tener, teóricamente, motivos de queja legítimos, no podemos debatirlos porque la violencia eclipsa todo lo demás. La única respuesta aceptable es la fuerza policial, los toques de queda y la amenaza de un estado de emergencia, aunque solo sea para calmar las inquietudes de los «vigilantes» del mercado de bonos.

Marine Le Pen ha sido más sutil. Distingue entre «jóvenes violentos de barrios racializados» y «buenos estudiantes» con reivindicaciones legítimas, al tiempo que ofrece un programa que criminaliza a los primeros pero no aborda las preocupaciones de los segundos. Su discurso achaca la situación a la incompetencia del Gobierno y exige medidas represivas aún más duras, en particular contra los jóvenes racializados a los que culpa de los disturbios.

La izquierda, por su parte, se encuentra en una encrucijada. Por un lado, el movimiento del estudiantado de secundaria y universidad y los «Chalecos Amarillos» parece apuntar hacia la tan ansiada «convergencia de luchas». Y, lo que es quizás más importante, la genialidad de este movimiento actual estriba en su alegría y en su reivindicación fundamental: queremos estudiar para construir una vida deseable. Esto contrasta con la visión de la Rassemblement National (acortar la educación para encauzar rápidamente a la juventud hacia empleos poco cualificados antes de que la inteligencia artificial los sustituya) o con el proyecto de Europa de convertir el continente en una residencia fortificada para personas ancianas. Cuando la juventud exige una vida deseable, brinda a la izquierda una oportunidad: hacer campaña para hacer posible esa vida y movilizar a las familias contra el sombrío futuro que propone la Rassemblement National.

El dilema táctico para la izquierda tras el sábado se resume en pocas palabras: o bien califica a los manifestantes de pacíficos y culpa a una minoría violenta, haciéndole el juego a Le Pen al dividir a los «buenos» manifestantes (es decir, los blancos) de los alborotadores «bárbaros», o bien justifica la violencia como una rabia comprensible, despojando al movimiento de su fuerza fundamental (la alegría y la exigencia de una vida deseable) y reduciéndolo a un mero enfado contra las condiciones actuales.

Movimiento y barricadas de estudiantes de secundaria en el Lycée Louis-le-Grand de Paris. 2 de octubre de 2026. Foto: Wyslijp16, CC BY 4.0, via Wikimedia Commons

GJ. A la progresía anglófona les gusta afirmar que estos disturbios desacreditan a la izquierda francesa y dan fuerza a Le Pen. ¿Os parece correcta esta interpretación?

CM. Existe una tendencia a considerar los levantamientos de cualquier tipo como meros regalos para la extrema derecha. Esto atribuye a las personas que se manifiestan la responsabilidad de la instrumentalización que otros hacen de su rabia. Es una trampa muy conveniente: culpar a quienes se rebelan por la forma en que las élites políticas manipulan su indignación y su deseo de cambio.

Este movimiento va mucho más allá de la rabia: es una experiencia de ciudadanía activa y subjetivación política. Su energía la impulsa la juventud. El estudiantado de secundaria y de la universidad se está coordinando más allá de la división que supone el bachillerato: dado que los institutos están ahora mismo de vacaciones, quienes estudian en la universidad mantienen el impulso hasta que regrese el estudiantado de secundaria.

A través de esta lucha compartida, quienes estudian en instituto y quienes estudian en la universidad se reconocen a sí mismos como parte de un mismo continuo. Uno de los principales motores de esta unidad es Parcoursup, la plataforma que utiliza opacos algoritmos para asignar las plazas de universidad a los solicitantes de secundaria. El sistema decide sobre las elecciones y la vida cotidiana del estudiantado, sustituyendo las cualificaciones significativas por una conformidad algorítmica basada en notas, asignaturas y actividades extracurriculares. Esto está generando una ansiedad generacional y llega en medio de una grave crisis de salud mental juvenil en Francia, con unidades de psiquiatría infantojuvenil desbordadas desde la llegada de la COVID-19.

El estudiantado se enfrenta a la represión policial y al deterioro de las infraestructuras educativas y rechaza las formas de control algorítmico. La cobertura mediática distorsiona en gran medida esta realidad: el 75 % se centra en la violencia, ignorando sus elocuentes reivindicaciones sobre los recortes en la financiación pública, el Estado de derecho, la supervivencia ecológica, el antirracismo y Palestina. En Internet, los miles de microenfrentamientos en redes sociales reflejan lo que está en realidad en juego políticamente, borrado por los medios de comunicación corporativos. Una consigna llamativa del 17 de octubre adaptó la famosa frase feminista «Somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar», convirtiéndola en: «Somos las hijas de las personas argelinas que no ahogasteis en el Sena en 1961». El antifascismo también es fundamental aquí: «Siamo tutti antifascisti» se ha convertido en la banda sonora que define estas protestas.

Cuando el estudiantado se movilizó por necesidades básicas, el Gobierno respondió con un «adultismo» condescendiente, instándoles a volver a clase. La dinámica recuerda movimientos de base como «Cancer Colère» (que conecta la reducción de la financiación hospitalaria, la violencia oncológica y las toxinas medioambientales), demostrando que la resistencia desde abajo está construyendo una alternativa democrática coherente frente a la fascistización.

Manifestantes franceses con un cartel de République – Voltaire en París. 17 de octubre de 2026. Foto: JJxFile, Jorge Jaramillo, info@jjxfile.com, CC BY 4.0, via Wikimedia Commons

GJ. ¿Qué es lo que impulsa a la derecha y al centro a presentar los levantamientos como un «ataque a la civilización» por parte de la juventud árabe y musulmana?

MF. Es importante añadir algo de contexto político a la conversación. A la extrema derecha se la presenta falsamente como «antisistema», como una fuerza que aboga por un cambio radical. En realidad, ofrece un pacto electoral único: «Ponednos en el poder y no tendréis que cambiar nada».

Mientras que la izquierda exige sacrificios sistémicos (redistribución, cambios en el estilo de vida por el clima) y los neoliberales exigen una autosuficiencia a toda costa, la extrema derecha promete cero sacrificio personal. Su argumento es: eliminaremos a los parásitos (las personas extranjeras, la gente desempleada y las élites corruptas) y vuestra vida mejorará al instante sin necesidad de modificar vuestros hábitos.

Esto deja a la izquierda paralizada en un imaginario liberal, a la espera de que el equivalente al «espectador imparcial» de Adam Smith valide sus afirmaciones. Con la fusión de los bloques de centro y extrema derecha y en un medio ambiente protofascista en el que se está disolviendo la tradicional división tripartita del electorado (una izquierda radical, un centro razonable y una extrema derecha), no existe esa autoridad imparcial. Así pues, la izquierda vacila entre la indignación moral (pero ¿dirigida a quién?) y la constatación de que ya no hay nada entre el fascismo y el antifascismo.

Con las elecciones presidenciales a la vuelta de la esquina, la juventud racializada vive ya el fascismo a diario a través del terror policial. Vive atemorizada por los encuentros con la policía y puede sentir que hay poca diferencia entre el statu quo actual y un gobierno de la Rassemblement National (aunque creo que se puede demostrar que un gobierno de la Rassemblement National empeoraría su situación, comprendo perfectamente por qué puede que no vean la diferencia).

El movimiento de los institutos ha supuesto una sorpresa maravillosa: jóvenes defendiendo la educación y una vida deseable. Mi temor inmediato ahora es que la izquierda no llegue a aprovechar ese impulso y deje escapar este momento crucial.

Fin de la manifestación estudiantil del 6 de octubre de 2026 en París, plaza de la Nación. Foto: Jules*, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

GJ. ¿Hasta qué punto tachar a las poblaciones de los barrios populares de «incivilizadas» permite al Estado aplicar métodos de control que estaban originalmente reservados para los territorios coloniales o las fronteras exteriores?

CM. La respuesta policial a las manifestaciones legales ha sido violenta, con el uso de armamento de tipo militar. Al desplegar este nivel de fuerza contra casi un millón de manifestantes con actitud pacífica, el Estado vacía las calles de manifestantes habituales, que se ven obligados a huir para ponerse a salvo, dejando atrás únicamente a quienes participan de disturbios con enfrentamientos violentos. El coste humano es inmediato: manifestantes que pierden extremidades, se quedan ciegos o sufren palizas.
Debemos considerar la respuesta securitaria no solo como una reacción, sino como un protagonista central que da forma a toda la situación. La gestión de las protestas por parte del Estado determina activamente el marco de los acontecimientos.

La «segunda ronda» de cualquier levantamiento se libra siempre en los tribunales, y ahí es donde nos encontramos ahora. Durante las tres primeras semanas de este movimiento, que ha durado un mes, la policía detuvo a más de 6.000 jóvenes. Hago hincapié en el carácter juvenil, porque el 85 % eran menores de 18 años. Esta cifra eclipsa los levantamientos de 2005 en los barrios obreros (zonas donde la juventud francesa racializada se enfrenta a una segregación extrema en materia de vivienda, transporte y servicios públicos). En 2005, tras las muertes de Zyed Benna y Bouna Traoré, las detenciones policiales no llegaron a las 5.000 personas a lo largo de varios meses. En esta ocasión, hemos alcanzado las 8.000 detenciones en un solo mes, una cifra solo superada por acontecimientos como el del 17 de octubre de 1961, cuando la policía detuvo a más de 12.000 argelinos en París, mató a cientos de ellos y arrojó sus cadáveres al Sena.

Esto representa una respuesta extraordinariamente radicalizada y represiva, que extiende a la sociedad en su conjunto formas de actuación policial desarrolladas contra poblaciones subalternizadas, coloniales y postcoloniales, en particular si tenemos en cuenta que el movimiento actual abarca un amplio espectro demográfico, que incluye a estudiantado de secundaria y universidad, sindicalistas, docentes, padres y madres y «Chalecos Amarillos».

Las personas detenidas son sometidas a juicios rápidos (comparutions immédiates) en lugar de ser puestas en libertad. Los juicios rápidos se convirtieron en un instrumento fundamental de gobernanza durante y tras los disturbios de 2005. En mi investigación sobre estas comparutions immédiates entre 2010 y 2011, observé que este sistema funciona como un mecanismo para gestionar a la población urbana empobrecida1.

Aunque la justicia francesa afirma no hacer distinciones raciales, su aplicación está profundamente racializada: tu perfil demográfico dictamina si una infracción leve, como la posesión de cannabis, te lleva a un juicio rápido y, a partir de ahí, la probabilidad de recibir una pena de prisión.

Este canal judicial fabrica activamente datos. Sociólogos, demógrafos y periodistas utilizan estas estadísticas judiciales para elaborar una «sociodemografía» de la revuelta, presentándola como una verdad objetiva e incuestionable: «Fíjese, el 80 % de los alborotadores proceden de estos barrios concretos». Pero esas cifras solo existen porque la policía y los tribunales se han centrado específicamente en esas poblaciones para construir sus cifras. La represión crea los mismos datos que se utilizan para validar el discurso del Gobierno.
Esta estrategia (un legado de veinte años de desmantelamiento del Estado del bienestar en favor de un Estado securitario) produce un perfil demográfico de los «alborotadores» diseñado a medida para encajar en el discurso político de la Rassemblement National.
Por último, este aparato securitario se apoya en gran medida en herramientas y estrategias coloniales: toques de queda, detenciones en masa y equipamiento de control de multitudes de tipo militar, que incluye cañones de agua y granadas de gas lacrimógeno, el mismo tipo de tecnologías desplegadas en territorios ocupados como Cisjordania.

Contactos de abogados y abogadas del equipo legal que cubrió la manifestación del 17 de octubre de 2026 en París. Foto: Guallendra. CC0, via Wikimedia Commons

GJ. Michel, ¿podrías explicar con más detalle lo que has descrito como «tecnocracia de la seguridad» y cómo se está aplicando en esta situación de rebelión urbana y disturbios?

MF. Esta tecnocracia se caracteriza por la expansión sin control del poder ejecutivo sobre los poderes legislativo y judicial que tuvo lugar bajo el mandato de Nicolas Sarkozy a través de prefectos no elegidos. Observamos esta misma dinámica en Estados Unidos y Reino Unido: a medida que el poder ejecutivo sobrepasa cada vez más sus competencias, los demás poderes del Estado quedan al principio marginados, para acabar convirtiéndose en meros órganos de ratificación de las órdenes del ejecutivo.

Pero creo que es importante señalar que el control de las poblaciones de los barrios populares ya no es simplemente una continuación del dominio colonial. Si bien el aparato policial actual hereda tácticas de contrainsurgencia de la era colonial, se ha producido un cambio fundamental en el imaginario político que comenzó en la década de 1980, coincidiendo con el auge inicial de la extrema derecha.

Este cambio se produjo cuando la derecha, la extrema derecha y el público en general aceptaron una nueva realidad: el imperio ha desaparecido. Se ha acabado. La extrema derecha moderna surgió de un impulso reaccionario: «Si ellos no nos quieren allí, nosotros no los queremos aquí». El objetivo actual no es la asimilación, una misión «civilizatoria» o el sometimiento, sino la exclusión y la expulsión. La lógica subyacente no es la de la dominación, sino la de la purga.

Por eso Israel constituye un paradigma tan fundamental para la extrema derecha moderna. No se trata de gobernar a la población palestina, sino de eliminar por completo su presencia. Se asemeja al colonialismo de asentamiento, en el que el objetivo es borrar a la población autóctona en lugar de integrarla como fuerza de trabajo subordinada. Aunque la deportación en masa aún no es viable en Europa, la extrema derecha se obsesiona con Israel porque este país lleva a cabo precisamente lo que ellos sueñan con hacer a las minorías racializadas en su propio territorio.

Cuando recalcamos la continuidad con la etapa final del colonialismo, pasamos por alto este cambio ideológico crucial. En Estados Unidos, el trumpismo teme la idea de proyectar el «estilo de vida americano» a escala mundial porque esto fomenta la inmigración: el movimiento MAGA exige fronteras herméticas, deportaciones en masa y un repliegue hacia una nación blanca y cristiana. Europa sigue la misma lógica, pero con una población que envejece.

Por eso describo el actual proyecto europeo como una residencia fortificada para personas ancianas: una población que envejece y que desea que la dejen en paz para entregarse a su aislamiento, sin que nadie más joven o menos blanco le moleste.

Si bien las tácticas policiales (toques de queda, detenciones en masa, control militarizado de multitudes) parecen idénticas a los métodos de contrainsurgencia utilizados durante la Guerra de Argelia, su propósito ha cambiado. El sueño de la extrema derecha no es esclavizar a los barrios populares racializados, sino hacerlos desaparecer por completo; del mismo modo que el objetivo último de la derecha israelí es no volver a ver jamás a un palestino.

«Macron, devuelve el dinero». 17 de octubre de 2026. Foto: FreCha, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

GJ. Chowra, al analizar estas revueltas desde la perspectiva del duelo colectivo, la emoción y lo que denominas «resistencia afectiva», ¿qué nuevos aspectos se revelan?

CM. Volviendo a la observación de Michel sobre lo que la extrema derecha ofrece al electorado: la promesa transaccional o el pacto electoral apela al interés propio, pero el interés propio dista mucho de contar toda la historia. El fascismo y el proceso de fascistización están impulsados en un sentido profundo por emociones intensas: el pánico existencial, los temores a la «anegación» y lo que solo puede denominarse la «pasión de la supremacía», un estado afectivo en el que cualquier avance hacia la igualdad se vive como una invasión o un «Gran Reemplazo».

Las teóricas feministas aportan perspectivas cruciales en este sentido. Verónica Gago, por ejemplo, analiza la fascistización como una reacción ante un doble vínculo: los individuos interiorizan las exigencias del sujeto neoliberal («eres el único dueño de tu destino») al tiempo que sufren una explotación económica y una precariedad intensas. La tensión entre estas realidades contradictorias hace que las personas sean vulnerables a la apelación emocional y a la manipulación del fascismo.

Si nos tomamos esto en serio (como hizo Wilhelm Reich en su temprano análisis del nazismo), nos damos cuenta de que el fascismo no puede combatirse únicamente mediante el debate racional y democrático o apelando a intereses políticos compartidos. Un enfoque puramente racional deja sin abordar ámbitos enteros de la vida emocional, que quedan así a merced de la captura fascista. No es posible superar las contradicciones del neoliberalismo simplemente creyendo en ideas razonables.

Entonces, ¿cómo ocupamos el terreno afectivo y emocional? ¿Cómo dejamos de tratar las revueltas callejeras como arrebatos de «rabia irracional» que supuestamente amenazan la política razonable y orientada a las políticas públicas?

Los seres humanos, sencillamente, no funcionan solo con la razón. Por eso hablo de soberanía afectiva: como sucede con la soberanía alimentaria, necesitamos soberanía emocional sobre nuestras vidas políticas. Piensa en lo que Michel describió como la alegría de la revuelta, o en lo que yo denominé el proceso de subjetivación política: la ciudadanía plantea exigencias al Estado, se enfrenta a la represión policial y, a continuación, adapta su estrategia para convertirla en una revuelta de base impulsada por sus propias consignas y por la solidaridad colectiva. Estos momentos están cargados de emoción y vínculos afectivos; progenitores que dan un paso al frente para proteger a sus hijos e hijas o jóvenes que reclaman un futuro deseable.

No habría que considerar la política afectiva como una amenaza para la democracia y nada más, sino como un terreno vital que hay que ocupar. Nos permite reconstruir subjetividades políticas que reclaman el control sobre nuestra imaginación colectiva. En esencia, la política es una batalla de la imaginación.

En Francia, cuando Macron disolvió la Asamblea Nacional tras el ascenso de la extrema derecha en las elecciones europeas, una coalición de izquierda antifascista ganó las elecciones legislativas. Sin embargo, esa victoria electoral nunca dio lugar a un primer ministro ni a un gobierno procedentes de dicha coalición. El resultado fue un profundo trauma colectivo, tan desorientador que la gente apenas podía asimilarlo. Se colocaron figuras tecnocráticas sin legitimidad popular ni representativa, que simplemente se plegaban a la voluntad del presidente. Las compañeras y compañeros extranjeros que visitaban Francia solían preguntar: «¿Por qué nadie habla de esta forma de gobernar?». Se percibía como una experiencia generalizada de impotencia y una sensación omnipresente de que la opinión pública es, en esencia, inaudible para quienes ostentan el poder. Normalmente, este sentimiento de impotencia alimenta a la extrema derecha, ya que opera íntegramente en la esfera emocional. Por eso son importantes la imaginación política y la soberanía emocional.

Las revueltas, las protestas y las acciones colectivas en la calle (así como los miles de escenas políticas digitales compartidas en Internet) son momentos que nos reconectan con una vida emocional y política activa y compartida. Nos devuelven nuestra capacidad de actuar. Cuanto más descartamos estas dimensiones emocionales de la resistencia, más terreno cedemos a la fascistización de la sociedad.

 

Monumento Moncey, Place Clichy de París, final de la manifestación del 17 de octubre de 2026. Foto: Guallendra, CC0, via Wikimedia Commons

GJ. Parece que estamos entrando en una era mundial de disturbios. Se están produciendo revueltas en Francia, España, Albania, India y, ahora, Argentina. ¿Se ha convertido el malestar urbano en una característica definitoria de la política del siglo XXI y cómo deberíamos interpretarlo?

MF. Con todo lo emocionantes que son, no considero que estos levantamientos sean señal de una etapa prerrevolucionaria generalizada, aunque sí, espero, el preludio de una reapertura del imaginario de la izquierda.

Coincido con los conceptos que plantea Chowra de la «política de los vínculos» y la «política de la crueldad». Sin embargo, en lo que respecta a la política de la crueldad, hay una dimensión que merece la pena añadir más allá de su función disciplinaria, de mantener a la gente a raya y aturdir al público: la política de la crueldad también produce alegría. Proporciona placer no solo a quienes infligen la crueldad, sino también a los espectadores que sienten que, al disfrutar del espectáculo de la crueldad estatal, se sitúan en el «lado correcto» del orden.

Donde sí querría hacer una advertencia es en lo que respecta a contraponer la razón al afecto. Procediendo de una tradición spinozista, no los veo como dos registros separados, sino como uno solo: un afecto es razonamiento concentrado y el razonamiento es un afecto plenamente desarrollado. No se trata meramente de una distinción teórica; tiene implicaciones políticas directas.

Tomemos como ejemplo la extrema derecha: se puede observar cómo el afecto y el razonamiento están indisolublemente conectados. El afecto del resentimiento se manifiesta como la creencia de que «alguien más está disfrutando de lo que, por derecho, debería ser mío». La lógica del resentimiento es la siguiente: «Quiero que la autoridad y el Estado persigan a esas personas para que, por fin, se me devuelva lo que es mío». La demanda política no es más que el desarrollo intelectual de la emoción resentida.

El contrapunto al resentimiento es un afecto de generosidad e indignación: no la indignación de que alguien me esté robando a mí, sino la indignación ante una injusticia que está teniendo lugar. Parte de la constatación de que la desigualdad obstaculiza la libertad de todo el mundo, incluso de quienes no la sufren directamente. Por retomar ese grito tan conocido: «No puedo respirar». Esa sensación de asfixia debe desarrollarse, igualmente, en una lógica política coherente.

También debemos evitar un optimismo injustificado. La izquierda sigue siendo una minoría en casi todas partes. La cuestión central es cómo transformar estos afectos fundamentales (el deseo de un entorno en el que se pueda respirar, la exigencia de una vida deseable) en políticas concretas y argumentos estructurados.

Estos movimientos (a la vez alegres y colmados de rabia) representan un momento de pausa y de incertidumbre. Plantean una pregunta abierta: ¿puede esta emoción convertirse en caminos hacia una vida deseable?

Vistos así, estos momentos explosivos no tienen tanto que ver con una insurrección inmediata como con el germen de un razonamiento colectivo; la chispa inicial de un proyecto compartido. Por eso es vital que se produzcan. Pero deben traducirse con cuidado, no esperando a un salvador político con un manifiesto ya preparado, sino gradualmente, a través de la resonancia, los vínculos locales y proyectos específicos que se interconecten.

El principal reto es la velocidad. La extrema derecha dispone de un mecanismo acelerado para convertir sus afectos resentidos en políticas inmediatas. La izquierda, por el contrario, opera en una línea temporal más lenta: nuestra respuesta requiere explicar la complejidad, darse tiempo y reflexionar en profundidad. Esto sitúa a la izquierda en una desventaja inherente en el ámbito electoral, lo que hace poco comunes las victorias. Cuando se producen esas escasas victorias, debemos aprovecharlas al máximo, sabiendo que pueden ser efímeras.

Las chispas que estamos viendo en España, Italia, Albania, Francia, Argentina e India no deben confundirse con el inicio de una revolución global unificada con un único mensaje principal. Se trata más bien de puntos de resonancia dispersos que aún deben sintonizarse entre sí.

Es precisamente ahí donde la política de los vínculos de Chowra se vuelve esencial. Se trata del delicado arte de entrelazar estas luchas, encontrando el tiempo y el espacio para construir la solidaridad con atención, sin dejarse aplastar por la represión policial ni por la política de la crueldad.

 

«Daronne en cólera / ¡Los incendios de los contenedores solo asustan a la basura! / Educación, no represión». 17 de octubre de 2026. Foto: Florian Cuny. CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

CM. Entre 2019 y 2022, desde Sudán y Chile hasta Irán, desde los «Chalecos Amarillos» hasta «Black Lives Matter», asistimos a una oleada de levantamientos que resonaron entre sí. El feminismo estaba profundamente arraigado en esa ola, impulsado por el ímpetu de movimientos como «Ni Una Menos».

Sin embargo, en 2023 se produjo una clara ruptura con la transición hacia un régimen de guerra global. Este régimen de guerra creó un terreno fértil para las políticas antifeministas y contrarrevolucionarias. Nuestro principal reto hoy en día es afrontar este cambio: aunque los levantamientos siguen resonando más allá de las fronteras, las propias subjetividades políticas se han militarizado cada vez más a escala global.

Al enfrentarnos a este reto, debemos reconocer hasta qué punto la imaginación política está ligada a la resistencia contra la extrema derecha. La experiencia de la impotencia es precisamente lo que acaba con la imaginación política. Y destruir la imaginación política no es un subproducto accidental: es un objetivo central de la política de la crueldad.

Al insistir en un futuro deseable, reabrimos esa imaginación. Como señaló Michel, la emoción y la razón, la estrategia y la sensibilidad, no están compartimentadas; están entrelazadas. La creatividad necesaria para contrarrestar la impotencia nacerá de la reconexión con ese movimiento vibrante de la mente colectiva. Tenemos que ponernos de nuevo en marcha.

Para mí, los debates sobre el pesimismo frente al optimismo son secundarios respecto a una práctica fundamental: el compromiso de permanecer del lado de lo abierto.

En este momento, los jóvenes han abierto un nuevo espacio. Sigue siendo difícil saber quiénes son exactamente estos jóvenes o cuál es su composición sociodemográfica precisa, incluso en Francia. Pero algo real se ha abierto en la esfera pública y en el espacio urbano. Debemos situarnos dentro de esta apertura y pensar desde ella, porque ese deseo político es la fuente de la que manarán respuestas prácticas, creativas.


Notas

 1 Chowra Makaremi, “The right to punish: Assessing sentences in immediate appearance trials”, en Didier Fassin et al., At the heart of the state. The moral world of institutions, Pluto Books, 2015.

 

 

Traducción y edición con el apoyo de RLS -Madrid