
«Cultivar la esperanza», Ilustración digital por @Pazconadie, cedida por Ojala.mx
Laboratoria EuroSur
(Texto publicado inicialmente en Ojala.mx – Ilustración digital por @Pazconadie para Ojalá y cedida por Ojalá a La Laboratoria)
Toda reacción está limitada y depende de aquello contra lo que se reacciona
Gloria Anzaldúa
Nos prendemos desde el sur de Europa al debate enhebrado por las compañeras de Ojalá sobre transfeminismos al hilo del texto de Verónica Gago, “A diez años del ciclo de luchas que reinventa la huelga”. Tomando como punto de partida el balance presentado por Verónica de diez años de masividad y radicalidad (trans)feminista, compañeras de todo el continente han aplicado la lente situada para hablarnos de la militarización, la intensificación de las políticas autoritarias presentes, así como los modos de neutralización y ataque a la fuerza de los feminismos.
Nosotras escribimos con la nítida percepción en cada fibra sensible de la descomposición del mundo europeo que conocemos, de sus paisajes y sus certezas, de sus formas de abundancia, garantía y anestesia, visualizando a los corsarios que tratan de pescar el malestar de mares revueltos y reclutarlo para sus propios fines. Somos conscientes de que, como dijo Aimé Cesaire, el fascismo es un boomerang que le devuelve a Europa toda la violencia del colonialismo y de que ese Estado del bienestar europeo que hoy se desmorona ha estado sostenido por la explotación del Sur global. En nuestra reflexión situada en la trama de feminismos sindicaleros que nutrimos con muches otres entre Madrid y Andalucía y desde la sensación ineludible de urgencia, tres son las hebras en las que estamos pensando a partir de la lectura del texto de Verónica: el sentido de la contrarrevolución en curso, la importancia de los balances y la pedagogía de la esperanza que estamos comprometidas a alimentar. Lanzamos a la conversación común algunas de nuestras intuiciones al respecto.
(leer la contrarrevolución)
Compartimos con Verónica la importancia de calificar estos tiempos aciagos como contrarrevolucionarios, porque es un modo de resistir al relato reaccionario que trata de borrar toda huella de nuestras luchas o hacerlas aparecer como ridículas, derrotadas, inútiles, ingenuas. Decir que lo que lo que hoy vivimos es una contrarrevolución es poner en el centro hasta qué punto la situación presente es una respuesta a una sacudida potencial del mundo que fuimos capaces de instigar: una sacudida masiva, sucedida casi por relevos, en un contagio translocal de formas de acción y consignas, que tuvo por supuesto una dimensión concreta, pero también otra potencial, esto es, que sigue actuando sobre el presente, como inspiración y rescoldo que enciende y convoca otros futuros. Desde esa mirada larga a la que siempre invita Susana Draper, podemos nombrar esta sacudida como la larga primavera de las plazas: ese encadenamiento de insurrecciones que fue de la Primavera Árabe a Occupy Wall Street, de los Paros Internacionales Feministas de 2016-2019 a Jin, Jiyan, Azadî en 2022 en Irán, del estallido social chileno y ecuatoriano de 2019 a Black Lives Matter y Defund the Police de 2013 a 2020 en Estados Unidos (y que las compañeras de Los pueblos quieren han hecho el esfuerzo de mapear).
Hoy, el giro autoritario responde con furia y fuego a esta larga primavera.
Pero la contrarrevolución nunca es solo un movimiento contra, sino que se asemeja a una llave de judo: toma algo de la fuerza vital, la imaginación y los deseos encarnados en la revuelta y los utiliza para reinstaurar y reforzar las estructuras de dominación.
La contrarrevolución a la que asistimos, pues, toma la impugnación popular contra la casta política (el “que se vayan todos” -Argentina 2001-, “lo llaman democracia y no lo es” -Madrid 2011-, «Y’en a marre» -Senegal 2011-, “el Estado opresor es un macho violador” -Chile 2019) para promover democracias iliberales (por no decir nuevos fascismos) y recanalizar la violencia social hacia una serie de chivos expiatorios, que, no por casualidad son las figuras sociales que tuvieron protagonismo en las revueltas: las feministas, las disidencias sexuales, los pueblos originarios, los sujetos racializados, el mundo árabe.
En Europa, la contrarrevolución se viste de verde y blanco. El giro militarista en política exterior, expresado con claridad en el plan ReArm Europe, se combina con dos ofensivas particularmente agresivas en el frente interno. Por un lado, los esfuerzos por restaurar la “familia natural”, que no son solo “batalla cultural”, esto es, publicaciones, informes y congresos. Se apoyan en una amplia red de infraestructuras promovida por las ramas más conservadoras de las tres iglesias cristianas, por gobiernos de extrema derecha como el de Orban en Hungría y por organizaciones internacionales como la CPAC. Impulsan iniciativas legislativas y jurídicas país a país, pero dentro de una estrategia coordinada y con sendos recursos, dirigida contra los derechos sexuales y reproductivos, el matrimonio homosexual, los derechos a la salud y la identidad de las personas trans, así como contra la potestad de las madres para proteger a sus criaturas de padres violentos.
El otro frente interno lleva a suelo europeo esa guerra por cuyos sentidos se pregunta Ana María Morales. Su expresión más explícita a escala de la Unión es el Pacto Europeo de Migración y Asilo, con el que Europa abandona cualquier marco de derechos y, en palabras del movimiento autoorganizado migrante y antirracista RegularizacionYa, pacta definitivamente con la muerte. Aquí no hay “familia natural” que restaurar: las infancias (en particular las que migran sin familia) son tratadas como delincuentes hasta que no se demuestre lo contrario, el derecho a la reunificación familiar se vulnera sistemáticamente y las mujeres son contratadas en masa en un mercado de cuidados que cercena cualquier proyecto familiar propio. La criminalización de la movilidad de las personas racializadas resulta en millones de euros inyectados a las tecnologías de guerra –en su mayoría israelíes– utilizadas por la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas (Frontex). Los dos frentes mencionados se engarzan dentro de un proyecto supremacista que hace responsable de la crisis que aqueja a Europa al “invierno demográfico” de las mujeres blancas y se atreve a hablar de un “genocidio blanco” en las mismas costas de esa gigantesca fosa común en la que hemos convertido el Mediterráneo. Dentro de este proyecto supremacista, las feministas, las disidencias sexuales y las personas migrantes y racializadas son las diferentes caras de una misma amenaza que destruir: el énfasis entre una y otra cambia en los discursos públicos en función de la coyuntura económica y electoral, pero el fondo persiste. Este es el perfil europeo de la fascistización de la reproducción que Verónica nombra y Susana profundiza dentro de esta serie.
(hacer balance)
Frente al vértigo y la impotencia que la descripción de este panorama contrarrevolucionario puede provocar, el tipo de balance que necesitamos es aquel que nos permite volver a entrar en contacto con la potencia de las luchas que hemos protagonizado, para resistir a esa derrota que sucede en la memoria y que nos dice que nada de aquello mereció la pena, porque finalmente llegaron estos tiempos turbulentos que vivimos ahora, de los que, incluso, los supuestos excesos de aquellas luchas son responsables. No se trata de un mero ejercicio de romantización o de épica, sino de aplicar una mirada larga, fuera del inmediatismo y de la pornografía del horror. Se trata de convocar en el presente el vigor y la imaginación que aquellas luchas congregaron y constatar, como hace Verónica en su texto, la longitud y la profundidad de su huella en el presente: en forma de conquistas concretas, de modificaciones de la sensibilidad, de acumulados organizativos, de saberes, institucionalidades e infraestructuras, etc. Se trata también de levantar acta de las líneas de descomposición, en particular, en el caso de los feminismos, de la facilidad con la que hemos introyectado debates polarizantes poco fértiles para nuestras prácticas, de las dinámicas individualizantes de algunas declinaciones del lema “lo personal es político”, de las capturas neoliberales de nicho y marca o de los usos del significante feminista o femenino para promover proyectos militaristas (como cuenta Raquel Gutiérrez para el caso de México) o conservadores (véase el fenómeno global del feminismo transfóbico o las formas europeas de femonacionalismo que analiza Sara Farris). Y ello no para autoflagelarnos, sino para extraer aprendizajes y alentar una insistencia más precisa en las líneas de potencia de esos feminismos que soñaron con cambiarlo todo, en particular en sus modos de politizar, trastocar, reinventar las tramas de sostenimiento de la vida colectiva.
(cultivar la esperanza)
La lectura de la contrarrevolución y el balance con mirada larga de nuestras luchas servirían de poco si no estuvieran anclados en un compromiso con la esperanza que no podemos dejar de cultivar: “la esperanza es una disciplina”, dice la organizadora comunitaria Mariame Kaba. Al final del verano europeo, rompiendo con la desolación de un agosto de calor extremo e incendios desbocados en el que asistíamos inanes a una nueva vuelta de tuerca del genocidio en Palestina, las convocatorias descentralizadas para boicotear la participación de Israel en la Vuelta ciclista y la salida de la Global Sumud Flotilla del puerto de Barcelona, en una iniciativa civil internacional por romper el bloqueo de Gaza, ofrecieron una experiencia concreta del paso de la impotencia a la potencia de les muches autoconvocades.
Hoy, que la euforia colectiva en las calles parece apagarse, es importante recordar que iniciativas como estas no vienen de la nada.
Nacen de articulaciones que, en un momento dado, logran catalizar y tramar a una miríada de grupos, tanto aquellos que trabajan desde hace décadas por la causa palestina y ahora, de manera más reciente, contra el genocidio, como a otros muchos que cada día anudan el malestar con un horizonte de cooperación y transformación colectiva y se sintieron convocados por aquellas acciones. Necesitamos insistir en este tipo de iniciativas, que perforan los paisajes del terror con prácticas concretas y multitudinarias de solidaridad y desobediencia: porque rompen con la sensación de impotencia y abren la imaginación. Pero necesitamos insistir aún con más ahínco, en el tejido de las tramas y las infraestructuras que las hacen posibles, no sólo en términos prácticos, sino también subjetivos: crear espacios de vida colectiva que se hagan cargo de la desigualdad, que compongan entre diferentes, que acojan el dolor y lo transmuten en rabia organizada, como único antídoto a la contrarrevolución en curso y como cultivo de una cierta disponibilidad a la generosidad, el compromiso, el desacato. Creemos que en esta doble insistencia hay una clave para navegar esa inconmensurabilidad que certeramente nombra Susana Draper entre la capacidad de sostener la vida colectiva y la ampliación de la guerra en todas sus escalas. Como cantamos en la performance translocal por Palestina #ResistenciaFeminista o más bien, parafraseando aquella letra:
contra toda crueldad
de la guerra en complicidad
insistimos, resistimos
cultivamos digna vida
ancha trama colectiva.