Por Tatiana Romero, Nodo Sur-Europa La Laboratoria
A Lucrecia Pérez Matos
Fue un 13 de noviembre de 1992, cuando un disparo asesinó a Lucrecia Pérez, dando lugar al que se conoce como el “primer crimen de odio de España”. La historia de Lucrecia es ya hoy bastante conocida: cuatro ultraderechistas, entre los que se encontraba un guardia civil, abrieron fuego contra un grupo de migrantes que se refugiaban en las ruinas de la discoteca Four Roses en las afueras de Aravaca, estaban cenando a la luz de una vela cuando una de las balas impactó de lleno en el pecho de Lucrecia.
Pero escuchar esta historia de boca de Rafaela Pimentel, compañera del colectivo de trabajadoras del hogar Territorio Doméstico y de La Laboratoria, cobra un sentido totalmente distinto al de los artículos en medios, o incluso a los testimonios del documental que se estrenó hace un par de años; porque Rafa, como la llamamos casi todas las que la queremos, además de haber llegado justo en mayo del mismo año (1992), además de ser también una mujer negra dominicana, además de haber sido más de media vida trabajadora del hogar y de haber participado en las concentraciones en protesta por el asesinato de Lucrecia, con un niño pequeño y el miedo agarrado en la tripas, además de todo esto y por si fuera poco, Rafa ha pasado toda su vida organizando y compartiendo luchas y saberes desde el feminismo popular y siempre tiene la generosidad de darte un sí por respuesta a todo lo que le propongas.
Traigo esto a colación porque hace un mes, desde la Escuela de Formación Política Maite Amaya, que organiza La Laboratoria, les pedimos a las compañeras de las organizaciones y colectivos que participan en ella, que nos llevaran a sus lugares de expulsión y de refugio, en un caminar colectivo como forma de compartir reflexiones, pensamientos, conocimientos y herramientas de cada una de las luchas. En ese caminar conjunto, nos dejamos llevar por el paisaje urbano, pero también por las palabras de las compañeras y por sus silencios, por las miradas a cada esquina, cada patio o cada calle. Es hermoso constatar cómo el mismo sitio en donde se sufre violencia de manera casi permanente y continuada, puede ser también un lugar de refugio; un espacio en el que en colectivo reunir la fuerza que necesitamos para enfrentarnos a esa violencia.
Sector 6 de Cañada Real: la lucha por el barrio

Nuestra llegada a Tabadol en Cañada Real
Nuestra primera parada fue en el sector 6 de Cañada Real. Ahí las compañeras de Tabadol, una asociación de mujeres marroquíes fundada en 2013 como espacio de organización para frenar los derribos que con los años se ha consolidado como un referente en su barrio. A finales del 2020 les cortaron el suministro eléctrico y desde entonces sus demandas no solo buscan que la luz vuelva, luchan por la mejora de las condiciones materiales de todas las vecinas de Cañada Real, son feministas, feministas populares, de barrio, migrantes y racializadas.
En la entrada de su nuevo local, están ya las compañeras, como siempre esperándonos con un té y ya sentadas, nos cuentan in situ qué ha pasado con el local incendiado el verano pasado, cómo hacen para resolver las necesidades de las vecinas (por ejemplo con la lavandería comunitaria), y al tiempo que nos hablan de placas solares, también hacen un análisis geopolítico entre lo que sucede en Palestina y en otros puntos del sur global, y el despojo al que someten al barrio, porque como bien dicen, Cañada es un barrio más de Madrid y está en Vallecas.
La narrativa de que es un “algo” no muy bien identificado, una mezcla entre “asentamiento ilegal con infraviviendas” y “conjunto de chabolas” solo refuerza el abandono y racismo institucional que durante décadas han vivido. Por eso nos dicen una y otra vez que Cañada es su barrio y que como tal, lo defienden día tras día de la violencia y la especulación inmobiliaria que las quiere expulsar de sus casas, de su territorio.

Polígono de Villaverde: Cada silla enganchada a una reja es un acto de rExistenica

La silla, herramienta de trabajo
De ahí llegamos al Polígono de Villaverde, en donde trabajan algunas de nuestras compañeras del Sindicato de trabajadoras sexuales Otras y de la Asociación Feminista de Trabajadoras Sexuales (Afemtras). Todas nos arremolinamos alrededor de una silla que, con un candado para bicicleta, está enganchada de la reja que hoy bordea el terreno en donde antes había una casa que les servía de refugio a las trabajadoras. La silla es su herramienta de trabajo, ahí está, aguardando a ser desenganchada para que ellas se sienten en las horas de espera que muchas veces requiere su trabajo. Todas sabemos que es solo una silla, pero también sabemos que en la materialidad de esa silla se encuentra condensada la lucha de nuestras compañeras por sus derechos como trabajadoras y por la ocupación del espacio público.
Afemtras surgió a raíz de la implantación de la Ley Mordaza en 2015, cuando se cansaron de ser violentadas y multadas por la policía. A día de hoy, -nos cuentan- hay ordenanzas municipales que les impiden trabajar en el polígono a partir de las 23h. Estar ahí, escuchando la voz vibrante de Beyoncé contándonos la historia de su lucha, el trabajo de limpieza que hacen en las calles, el sostenimiento a las compañeras acosadas por la policía, sobre todo a las mujeres en situación administrativa irregular; anécdotas que, con todo y la dureza de la violencia y la criminalización, despiertan nuestra risa, porque si algo son además de trabajadoras sexuales, es divas, reinas y actrices. Y cada acto performativo puesto en práctica por una trabajadora sexual, es una práctica de rExistencia.

Beyonce de Afemtras
Ateneo de Villaverde: el mural más bonito de los patios madrileños

Todas las compañeras de la escuela en el patio del Ateneo de Villaverde
En 1980, una manifestación de la recién legalizada CNT recuperó un edificio que durante décadas había pertenecido al sindicalismo vertical franquista, y desde entonces es el Ateneo de Villaverde, del Comarcal Sur Madrid de la CNT; un edificio en el corazón de la plaza Ágata con uno de los patios más bonitos de todo Madrid.
Ahí paramos para comer unos bocatas hechos en casita (un poco por ahorrar, un poco por ponerle amor a la comida) y para escuchar la historia de la Confederación Nacional del Trabajo. El sindicato, fundado hace más de un siglo en Barcelona, tiene, como dice una de las compañeras, “mucho histórico, todo es histórico”, y es que sí, la CNT es un símbolo de la lucha obrera, pero también de la lucha antifascista y antifranquista, pero “¿cuál es su papel hoy en Villaverde? ¿Cuántas personas migrantes y racializadas vienen a asesoría de derechos laborales? ¿Cuántas están afiliadas?” -preguntan las compañeras migra de Afemtras y Otras-, por momentos, siento que se pone tensa la cosa, pero tensionar los espacios desde la construcción colectiva siempre es positivo, y las compañeras responden a todas las preguntas. El encuentro y la sinergia que se crea entre organizaciones de base con infraestructuras más bien precarias y con sindicatos más establecidos, (aunque también precarios y por supuesto no mayoritarios) como CNT, es una forma de crear potencia política bidireccional, un ejercicio de situarnos en la configuración de las luchas por la justicia social.
Aravaca: Lucrecia Pérez y las militancias alegres

Compañeras de Territorio Doméstico en la plaza de Lucrecia Pérez en Aravaca
“Ahí en esos bancos se sentaban todas las compañeras migrantes dominicanas” nos dice Rafa cuando vamos llegando a la plaza de Lucrecia Pérez, en Aravaca. Y nos sigue contando cómo era llegar a Madrid, siendo una mujer jóven, negra y dominicana, porque en este barrio había mucha población migrante dominicana.
“Cuando llegaba alguien siempre nos traía cartas, o alguna cosa de nuestra familia o amigos, nos sentábamos a hablar, a escuchar historias de la tierra que habíamos dejado. Nos sentábamos las amigas, porque la migración en su primer momento fue femenina, fuimos las mujeres las que comenzamos a migrar de República Dominicana. En ese entonces no había productos de nuestra tierra en las tiendas, entonces también traían los alimentos en las maletas, como podían, y el día que llegaba eso era la alegría. El momento de extrañar tu país. Lucrecia tenía muy poco de haber llegado cuando la mataron; ella estaba trabajando de interna y la despidieron porque no les gustó cómo había limpiado algo. No le pagaron lo que había trabajado y como no tenía a dónde ir se fue a la discoteca Four Roses, y ahí pasó lo que pasó”.
Pero el lugar que fue violencia en los años 90 y en donde siguen trabajando un sinnúmero de trabajadoras del hogar y los cuidados, décadas después se convirtió en el escenario de una de las campañas de Territorio Doméstico: “Conociendo nuestros derechos somos más fuertes” dicen los carteles que invitan a las empleadas de hogar al taller de derechos laborales en el Centro Cultural Aravaca (2017); pero además las compañeras organizadas van a intercambiadores y estaciones de autobús y tren donde saben que hay más trabajadoras del hogar, para hacer llegar a todas que pueden reclamar sus derechos frente a la infinidad de situaciones de explotación que pueden llegar a sufrir en sus lugares de trabajo.
En la plaza hay un monumento en homenaje a Lucrecía Pérez, en la placa se puede leer “primera víctima de la violencia racista en España”. Justo cuando hay cada vez más violencias racistas contra la población migrante y racializada, a mí personalmente, el carácter simbólico de este pedazo de acero, a veces me parece una especie de chiste macabro. Y me cuesta no preguntarme ¿qué pasaría hoy si asesinaran a una mujer migrante, negra y trabajadora del hogar? Aún así lo que de verdad importa de toda esta historia es que las trabajadoras del hogar y los cuidados van construyendo prácticas políticas que, frente a la violencia y el desarraigo, son alivio y alegría. Ellas más que nadie saben lo que son las militancias alegres.
Lavapiés: ¿Qué haces cuando tienes miedo a que se te caiga el techo encima?

Compañeras del grupo de antirracismo del Sindicato de Inquilinas de Madrid, compartiendo cómo se lucha contra el acoso inmobiliario
¿Qué hacemos cuando resistimos al acoso inmobiliario? Cuando nos quieren fuera de nuestras casas, con alquileres altísimos y en las periferias de la ciudad.
Terminamos la deriva con el bloque en lucha de San Ildefonso 20, en pleno barrio de Madrid, en donde todavía hay 9 familias en 9 pisos resistiendo entre demoliciones y escombros. Con el miedo de que pueda suceder lo que ya pasó hace unas semanas en otro bloque del centro de Madrid en el que los fondos buitre tienen la misma forma de acosar a las inquilinas.
¿Qué haces cuando todo tu bloque pertenece a la misma persona y esa persona se lo vende a un fondo inmobiliario, y este fondo a su vez se lo vende a otro?
El bloque comienza a ser derribado por dentro por una promotora, con las personas todavía viviendo dentro del bloque. Esto que hacen las promotoras y las inmobiliarias es tortura psicológica, si todo el tiempo tienes miedo de que se te caiga el techo encima, si todo el tiempo estas escuchando las obras, si ademas ya sabes que hay 15 viviendas vacias; ¿como resistes?
Las compañeras del sindicato de inquilinas, del grupo de trabajo de antirracismo del sindicato de inquilinas, nos cuentan cómo se organiza el bloque para resistir a ese acoso; nosotras, ya a esas horas y después de todo el día yendo de territorio en territorio estábamos un poco cansadas, así que sentadas en el suelo de una calle del centro de Madrid, y con muy pocas ganas de movernos para que pasen los coches, desde fuera parecemos o una asamblea o un grupo de turistas escuchando las particularidades del edificio.
Yo pienso, una vez más, cómo del despojo surge la resistencia y pienso también que, como dicen muchas compañeras, somos el territorio que habitamos. Que la guerra contra los territorios, es la guerra contra las de abajo, contra nosotras. Que en nuestros cuerpos se inscribe la violencia colonial, racista, capitalista, pero que también en nuestros cuerpos está latente la alegre rebeldía para hacer de esos lugares de expulsión, lugares de refugio.