
Performance contra los (trans)feminicidios CDMX 2016
Por Emanuela Borzacchiello
Ni una más, ni una menos. Este es el grito que nos une desde la frontera norte latinoamericana hasta otros sures, y no podía ser menos que la intensidad de una poeta, la mexicana Susana Chávez, quien la escribió.
En México, 2023 fue un año que marcó 30 años de luchas contra la violencia feminicida, desde aquel simbólico 1993 que signa los primeros hallazgos de cuerpos de mujeres víctimas de feminicidio en Ciudad Juárez. En Argentina 2025 signa 10 años desde aquel 2015, el año de la explosión del ciclo de protestas identificadas como Ni Una Menos.
Las fechas no son sólo simbólicas y las luchas cuentan.
Para empezar a compartir una lectura no acotada y a contrapelo de lo logrado y de lo que es posible desafiar, me muevo siguiendo tres directrices:
- Desde los sures, cambiamos el campo semántico de la lucha feminista contra la violencia feminicida y logramos afirmar la conexión entre feminicidios, capitalismo neoliberal, crimen organizado y ultraderechas de tipo fascistas.
- Investigamos no sólo los casos de feminicidios, sino que desenmascaramos los sistemas trans-nacionales que permiten las reproducciones de las violencias letales.
- Estamos construyendo dispositivos de cuerpo-memoria-territorio en términos de recomposición de luchas fragmentadas, de procesos de acompañamiento y sanación comunitaria, porque otra justicia es posible.
Desde México, en los años noventa planteamos los feminicidios como asesinatos patriarcal-políticos que se estaban agudizando y dinamizando de forma más brutal en el seno de una sociedad capitalista en tránsito hacia el neoliberalismo avanzado. Cuando un asesino mata, nunca mata sólo, sino en colusión con aquellas partes de instituciones y de sociedad civil cuya reproducción de la violencia feminicida les sirve para no sacudir jerarquías milenarias de poderes y para ir reactualizándolas en el contexto actual de “fascistización de la reproducción social”, como nos enseña Silvia Federici.
De forma situada, investigamos cómo en la frontera entre México y Estados Unidos, en Ciudad Juárez, con la instalación del modelo industrial de las empresas de manufactura (la maquila), los cuerpos de las mujeres, en su mayoría migrantes y racializadas, fueron el modelo de una nueva clase trabajadora asalariadas sobre la cual se codificaron el miedo y la precariedad en términos bélicos. Y – agregamos – que a partir de sus cuerpos se construyó el consenso bélico. Una guerra donde los cuerpos de las mujeres y los cuerpos feminizados no deben pensarse, ni reducirse, a ser botín de guerra, sino afirmarse como una pieza clave de la guerra por qué sus cuerpos son el primer territorio material y simbólico desde donde se ejercen y experimentan las violencias múltiples que se detonan contra otros cuerpos y en otros territorios. Por lo tanto, a partir de entender cómo estos cuerpos, potentes y sabios, sufren y se activan contra las violencias, es posible investigar cómo se construye un nuevo tipo de gobernabilidad y cómo contrarrestarlo.
Debido al alto nivel de violencia de todo tipo, México fue considerado como un cuerpo raro y distante. La frase que nos toca escuchar desde otras latitudes es: «Aquí no es Juárez». En estos años nos ilusionamos con que la violencia podía quedarse encerrada en los límites de una ciudad o de un estado; no es así, y nunca lo fue, ni en México, ni en Gaza o en las prisiones de El Salvador. Raquel Gutiérrez Aguilar suele reducir esta distancia con una metáfora: «Estamos dentro de la misma película, solo que México está más adelantado». «Aquí no es Juárez», pero hay territorios desde donde podemos ver el futuro porque nos cuentan la continuidad histórica del aparato represivo, de cómo y por qué se va configurando hoy una «repatriarcalización» del Estado y de qué tipo de fibra se alimentan los cruces transaccionales de la economía criminal.
Los años noventa en México fueron de «tránsito», no de transición democrática, caracterizados por una neoliberalización acelerada: Se pasó de la inestabilidad económica y el endeudamiento público a la privatización de servicios y la precarización de contratos laborales. Aumentó la proporción de trabajadoras asalariadas en la maquila, formando una clase trabajadora híper precarizada. Esta lógica transformó los cuerpos en cuerpos contractualmente modificables que sobreviven en lugares de oportunidades discontinuas. Las violencias en los ámbitos laboral, doméstico y extradoméstico, se convirtieron en el epicentro multiplicador de la violencia feminicida.
Se empezaron a generar dispositivos de guerras que se fueron generalizando en territorios diversos: se enfatizaron las políticas securitarias como solución del problema. Los cuerpos tenían que estar controlados adentro y afuera de la fábrica, adentro y afuera de las casas, adentro y afuera del espacio doméstico. Desde este entonces se crea una estructura estable de consenso a pesar del terror y basada en el terror: una estructura alimentada por un pacto patriarcal cívico-militar.
En este escenario, los feminicidios se configuran como asesinatos patriarcal-políticos porque sirven para instalar y cimentar un sistema caracterizado por un cruce híbrido entre diferentes entidades: un sector político que propone y ejecuta políticas de seguridad y neoliberalización acelerada; un sector industrial que impulsa, se beneficia de los cambios y financia a determinados sectores políticos; y el crimen organizado, que diversifica sus tráficos más allá de las drogas, buscando los negocios más rentables.
La violencia patriarcal no fue sólo la fuerza motriz de la maquila, símbolo de las políticas de neoliberalización acelerada, sino la fuerza motriz para instalar un sistema más amplio basado en un cruce híbrido de fuerzas legales e ilegales al mismo tiempo.
En estos años logramos construir un vocabulario eficaz para enfrentar la violencia: la categoría (trans)feminicidio sigue siendo una palabra no burocratizable porque la dotamos de un sentido político incómodo afirmando que los feminicidios no son sólo asesinatos por motivos de género, sino que son asesinatos patriarcal-políticos que implican la responsabilidad de las instituciones y de la sociedad civil. Por lo tanto, cada muerte por violencia (trans)feminicida nos enfrenta a la transformación radical de todo un sistema de gobernabilidad.
Desenmascaramos el uso de palabras, o frases, que puedan parecer inocuas, pero no lo son: nunca hablamos sólo de desigualdad, sino que ponemos en el centro la clase y la raza. La lucha contra la violencia (trans)feminicida no puede desligarse de la clase y de la raza.
Comprendemos los mecanismos que el capitalismo necesita para expandirse y rechazamos la militarización encubierta con políticas de seguridad como una supuesta guerra contra el narco: demostramos que el tablero de ajedrez político está constituido por un cruce de fuerzas híbridas imbricadas con el crimen organizado. Eso acerca el conflicto que se detona contra nuestros cuerpos-territorios a una guerra civil contra determinados tipos de cuerpos más que a una guerra contra un agente externo al Estado.
¿Qué podemos desafiar? Para contrarrestar cruces híbridos de fuerzas destructoras ¿a qué sirve apostar en el cruce cuerpo-memoria-territorio?
Hasta hoy, cada palabra, categoría, instrumento que creamos contra la violencia (trans)feminicida es parte de un archivo fragmentado y disperso, reflejo de un mundo de luchas y prácticas feministas que a cada momento corre el riesgo de pérdida, se rompe, se corta, para volver a formarse.
El campo semántico donde nos movemos importa para dar más impulso político a la acción, sobre todo porque se está volviendo siempre más difícil el campo de batalla donde nos movemos. ¿Qué palabras-lemas podemos usar que den cuenta de aquel cruce híbrido de fuerzas que reproducen violencias múltiples?
Para una acción más contundente, en relación a las categorías de feminicidio y femicidio, ¿a qué serviría usar una misma categoría con el mismo sentido político? Estas categorías producen efectos diversos en la investigación de los casos con debida diligencia, en la elaboración estadística de datos y en los tribunales de justicia. Para no enfrentar cada experiencia de violencia como si fuese la primera, ¿sería útil crear grupos permanentes e interconectados entre sí que puedan intercambiar información y prácticas?
El trauma.
El dolor.
El acompañamiento.
Un día en Ciudad Juárez un amigo me dijo: “toda la ciudad necesita terapia. Estamos todxs traumatizadxs”. En un caso de desaparición forzada o feminicidio, la urgencia son la búsqueda del cuerpo, la verdad y la justicia, la reparación y la no repetición. Cuando una guerra aún está en curso ¿sería posible atender el dolor de la pérdida y el trauma?
En México, muchas decidimos apostar por el cruce cuerpo-memoria-territorio. Nos dotamos de dispositivos para contrarrestar la violencia, atender el dolor y reconocer el trauma: mientras la violencia no nos da una tregua, creamos espacios de tregua, como el Edificio de los sueños en medio del centro histórico de Ciudad Juárez, una casa que siempre persiste y que abre espacios que no desaparecen. Mientras la violencia nos impone cómo sentir el territorio, nosotras cambiamos la gramática del territorio, como cuando en medio de una ciudad organizamos sitios de memoria o anti-monumentas por nuetrxs desaparecidxs o víctimas de feminicidios afirmando el continuum histórico de la violencia en una acumulación constante. Dispositivos inesperados y no burocratizables porque hablan de un país no pacificado, lugares que reconocen un trauma personal y comunitario y que se hacen cargo de persistir políticamente. Dispositivos que tejen gramáticas que nos sirven para entender de nuevo la potencia revolucionaria de nuestros gestos, prácticas, modos de mirar el mundo.
¿Cómo podemos seguir cultivando la esperanza? Como nos invita a hacer el reciente texto de Nodo Europa-Sur de La Laboratoria. Quizá podemos imaginarnos recomponer la dispersión y fragmentación construyendo un archivo feminista lleno de cosas por las cuales valga la pena luchar. Un archivo compartido que nos permita, entre otras cosas, posicionar cada uno de nuestros instrumentos no sólo como enunciación de un sistema feminicida, sino como anunciación de una nueva acta de nacimiento.